Diario de una novela en construcción

Bienvenido a este blog. Si estás leyendo estas lineas es porque el destino lo ha querido ya que nada es casual (ni siquiera abrir una puerta o doblar una calle). El asunto es que ahora podrás seguir de cerca el proceso de escritura de mi novela en tiempo real. Se trata de Novelis, Artemio Novelis y sus peripecias que empiezan el día en que se pierde en Parque Chas tras un confuso episodio en el subte.

Esta historia que comenzó como un cuento, creció hasta convertirse en un proyecto de novela que intentare desarrollar a través de entradas breves que me permitan atravesar el laberinto de la creación poética.

Quién sabe si lo lograré...

viernes, 26 de febrero de 2010

Minos y el laberinto



Nadie ignora en Buenos Aires que Parque Chas es un laberinto.Una de las mejores definiciones acerca de lo que es un laberinto es la que dice que es una arquitectura pensada para confundir nuestra mente.Nadie se atreve a entrar en un laberinto.Por lo tanto, nadie se atreve a entrar a Parque Chas.
El laberinto más famoso de la historia es el de Creta, en Grecia. Cuentan que el rey Minos quería ocultar al Minotauro, monstruo mitad toro, mitad hombre, fruto de la relación entre su esposa Pasifae y un toro blanco, y con ese fin lo mandó a construir aproximadamente en el segundo milenio antes de Cristo.
Dédalo, el más extraordinario inventor por aquellos tiempos, no tardó en concebir los planos que maravillarían al rey. En su construcción intervinieron centenares de hombres y muchos de ellos murieron durante la obra.
Cuenta la leyenda que el rey Minos intentó burlar a los dioses quedándose para si al singular toro blanco que debía dar en sacrificio a Poseidón. A cambio, entregó otro de menor rango. Curiosamente, con el tiempo, ese mismo toro blanco, despertaría en su esposa, la reina, una alocada pasión de la que nacería un monstruo que lo llenaría de humillación durante el resto de su vida.
Cabe mencionar que no son pocos los que ven en esta serie de hechos desafortunados una ironía de los dioses a quienes como todos saben no les gusta ser engañados por los hombres.

La librería de los Grau



No bien entré a la Hebra de Oro, detrás de un escritorio de ébano, distinguí al Ingeniero que sin percatarse de mi presencia hablaba y le alcanzaba una pila de libros a Elmer que subido a una gran escalera con rueditas, no sin torpeza, trataba de abarajarlos y acomodarlos en los amplios estantes de una biblioteca visiblemente deteriorada. Del otro lado de la escalera, Francesca plumereaba y cada tanto tomaba notas en una libreta que guardaba y sacaba de su blusa ante la mirada risueña de Elmer.
-Anota esto, metele: ¿si un libro tiene dos finales, debe valer igual que otro que no tiene más que uno? ¿Y debe también, necesariamente, contar con dos principios? ¿Anotaste?
-Si, Ingeniero.
-¿Y si un cliente al llevarlo a su casa descubre con asombro que le falta un final o un principio está en condiciones de reclamar?, quiero decir, Francesca, ¿estás anotando?
-Si, Ingeniero. Cada palabra.
-Exelente. Decía, como hace para reclamar. Cómo sabe cual de los dos principios o finales es el que le falta y en caso de que sea capaz de descifrarlo a quien debe reclamar, ¿al librero?, ¿al escritor?, ¿al editor?, ¿a si mismo?, eh, Francesca.
Elmer festejaba y se sacudía agarrado a la escalera. No recuerdo que dije o si tosí o golpeé fuerte las manos. El asunto es que Elmer se rascó la cabeza y ante una leve seña del Ingeniero bajó de un salto como un gato de la escalera y empezó a atocigarme con miradas cortas como de pájaro. Me dio la impresión de que lo hacia con picardía y pensé que tal vez creía que le estaba mirando las piernas a Francesca. Después, cuando ella bajo de la escalera y dejó el plumero sobre el escritorio; se acomodo la minifalda y me miro, yo me sonroje.

-Disculpen, pero no sé donde estoy. ¿Podrían ayudarme?
-Ha llegado usted al lugar correcto -dijo el Ingeniero pasándole una última pila de libros a Francesca que trepó de nuevo de manera sinuosa a la escalera. Un chicle le bailaba en la boca.
-¿Está perdido?
-No sé como salir de estas calles circulares.
Elmer empezó a reírse otra vez. Era ese tipo de risa entrecortada que uno se esfuerza en contener, sobre todo cuando la situación no amerita. En ese momento don Antonio se me acercó y noté que tenía un ojo de vidrio de color grisáceo como una nube.


-Traele rápido una toalla al muchacho que esta empapado, Francesca.
-¿Dónde estoy?
-Amigo, usted ha entrado a Parque Chas.-dijo pasando al otro lado del escritorio, en tono amable.
-¿Qué le pasa se siente mal? –me preguntó. La vista se me nubló y otra vez empezaron a transpirarme las manos y a faltarme el aire. Elmer me acercó una silla; Francesca me secaba con la toalla.
-Cálmese, no pensará que lo vamos a dejar solo en semejante situación y con esta lluvia.
El Ingeniero me extendió la mano y con voz clara y firme me dijo:
-Acá tiene una mano amiga. Ingeniero Antonio Grau, a sus órdenes.
Luego me ofreció alquilarme una pieza
-Pero no tengo casi dinero –exclamé algo extrañado sacando de mi bolsillo la billetera
-Caramba, eso si es un problema, hombre.
-No tengo mas de $40
-Démelos –dijo manoteando la plata –por esta noche será suficiente. Vaya Francesca avísele a la Arquitecta que prepare la pieza y agregue un cubierto, tenemos un huésped. Don Antonio acercó uno por uno los billetes a su ojo sano oscultandolos a contra luz
-Y que pasará mañana, don Antonio? –inquirí con evidentes signos de preocupación
-Ya pensaremos algo, ahora no se preocupe. A cada día le basta su afán. Esta noche podrá descansar como Dios manda y mañana será otro día…
Don Antonio me llevo hasta la entrada. Ahí nos quedamos viendo como la lluvia, minuciosa golpeaba los vidrios
-¿Cómo entró ¿recuerda?
-Ya le dije. Estaba en estación Los Incas. No sé que pasó después, sólo sé que de pronto me encontré caminando en círculos y me perdí.
-¿Pero entró por Cadiz o por La Haya?
-No lo sé.
-¿Y dígame, Pudo verlo, muchacho?
-¿Que cosa? No entiendo, Sr. Grau.
-¿Lo vio si o no?
-Disculpe, no sé de que me habla.
-Déjelo. Haga de cuenta que no dije nada.

jueves, 25 de febrero de 2010

Parque Chas



Eso fue para mi Parque Chas. Ni mas ni menos que todo lo que el resto del universo no era, ni jamás podría llegar a ser. Han pasado muchos años. Mucho de lo visto y oído allí se ha perdido para siempre como desaparece el contorno de un circulo trazado en la arena. Algo siempre queda. En mi caso, el sabor de una comida hecha con esmero, el encanto de la Arquitecta, el eco de sus tacos por las escaleras, las confusas calles, el estallido brusco de las bolas de pool entrando a una tronera en El Trébol, la voz afinada de Elmer canturreando la marchita, pálidas reminisencias que aparentan ser difusas pero que inmediatamente, no bien se aclaran, remiten a otra y esta a su vez a otra que me devuelve algo que parecía perdido
He decidido seguir estos rastros. Es un intento de armar una suerte de rompecabezas y contar como les escribí el libro a los Grau. Se esperar. Solo tengo que tirar del hilo apropiado que poco a poco ira desovillando la trama. Me he habituado a buscar en la oscuridad, puedo hacerlo con o sin brújula, eso no importa. Alguien me dijo una vez que mis ojos brillan como los de un gato en la oscuridad pero también puedo, aun cuando el sol raja la tierra, sacar una linterna de la nada y husmear como si fuera de noche detrás de cada rincón, debajo de cada piedra, sin la menor esperanza de encontrar nada. Pero por sobre todas las cosas soy dueño, creo, de una enorme bravura y por eso no le temo a nada.
Pero no siempre fui así. Aunque este espíritu heroico al que me refiero debió estar en ciernes cuando llegue a Parque Chas no se desarrollo plenamente sino hasta el día en que acepte la estrafalaria empresa que me propusieron los Grau y que sin que yo pudiera darme cuenta, estaba destinada a ser la más insólita y apasionante aventura de toda mi vida.
La historia, si es que hay una, comienza el día que me perdí en Parque Chas y di con la librería de los Grau.