
Eso fue para mi Parque Chas. Ni mas ni menos que todo lo que el resto del universo no era, ni jamás podría llegar a ser. Han pasado muchos años. Mucho de lo visto y oído allí se ha perdido para siempre como desaparece el contorno de un circulo trazado en la arena. Algo siempre queda. En mi caso, el sabor de una comida hecha con esmero, el encanto de la Arquitecta, el eco de sus tacos por las escaleras, las confusas calles, el estallido brusco de las bolas de pool entrando a una tronera en El Trébol, la voz afinada de Elmer canturreando la marchita, pálidas reminisencias que aparentan ser difusas pero que inmediatamente, no bien se aclaran, remiten a otra y esta a su vez a otra que me devuelve algo que parecía perdido
He decidido seguir estos rastros. Es un intento de armar una suerte de rompecabezas y contar como les escribí el libro a los Grau. Se esperar. Solo tengo que tirar del hilo apropiado que poco a poco ira desovillando la trama. Me he habituado a buscar en la oscuridad, puedo hacerlo con o sin brújula, eso no importa. Alguien me dijo una vez que mis ojos brillan como los de un gato en la oscuridad pero también puedo, aun cuando el sol raja la tierra, sacar una linterna de la nada y husmear como si fuera de noche detrás de cada rincón, debajo de cada piedra, sin la menor esperanza de encontrar nada. Pero por sobre todas las cosas soy dueño, creo, de una enorme bravura y por eso no le temo a nada.
Pero no siempre fui así. Aunque este espíritu heroico al que me refiero debió estar en ciernes cuando llegue a Parque Chas no se desarrollo plenamente sino hasta el día en que acepte la estrafalaria empresa que me propusieron los Grau y que sin que yo pudiera darme cuenta, estaba destinada a ser la más insólita y apasionante aventura de toda mi vida.
La historia, si es que hay una, comienza el día que me perdí en Parque Chas y di con la librería de los Grau.
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