
La dama del pelo reluciente y la voz encantadora, ¿aguarda en una playa desierta o en la esquina de Londres y Copenhague? Pienso en eso y dibujo el círculo de la luna en mi cuaderno de anotaciones. Un eco melodioso reverbera en mi cabeza, un canto lejano, no es una música pero se deja oír con los ojos. Tic tac tic tac tic tac. Se me hace claro que deambula por ese extraño damero de calles pero tal vez es un sueño, tal vez Parque Chas no existe por lo tanto tampoco el Club del Trébol, tampoco la librería, tampoco el Craysler Carabela. Insinuas que estas imágenes son pura ilusión, te ruego que me las devuelvas, te digo ladrón, pero gritas mas fuerte y me las ocultas, y me desafias abriendo bien grande tu ojo de cíclope a que adivine en que mano estan. En esa. Perdiste; y suelto el llanto mientras te cagas de risa. Entonces despierto. Pero mi libro ya no está. ¿Cuántos millones de litros de agua hacen falta para albergar un enjambre de serpientes en mi sombrero? Tic tac tic tac tic tac. El tiempo es algo extraño. Como un molusco se expande y se contrae. El lunes antecede al miércoles para que ocurra el martes ¿Es la hora de ir a dormir o de despertar? La víbora se muerde la cola; el círculo vuelve a empezar. Entro y salgo por una puerta giratoria. Escribo junto a una ventana que da a la calle Dublín. Urdo un libro donde una dama misteriosa teje y desteje una noche infinita y espera mientras vago por las calles de un laberinto infranqueable que no figura en los mapas.

