Diario de una novela en construcción

Bienvenido a este blog. Si estás leyendo estas lineas es porque el destino lo ha querido ya que nada es casual (ni siquiera abrir una puerta o doblar una calle). El asunto es que ahora podrás seguir de cerca el proceso de escritura de mi novela en tiempo real. Se trata de Novelis, Artemio Novelis y sus peripecias que empiezan el día en que se pierde en Parque Chas tras un confuso episodio en el subte.

Esta historia que comenzó como un cuento, creció hasta convertirse en un proyecto de novela que intentare desarrollar a través de entradas breves que me permitan atravesar el laberinto de la creación poética.

Quién sabe si lo lograré...

domingo, 11 de julio de 2010

El libro de la luna

Uno de los objetos más valiosos y extraordinarios del tesoro de la Orden era el libro de la luna. No viene al caso que detalle en este momento como fue que el Ingeniero lo tenía en su poder desde antes de mi aparición en Parque Chas. El asunto es que un día me lo dio y me dijo que me ayudaría en mi trabajo de escribir el libro que me habían encargado con su esposa.
El singular artefacto era en verdad un prodigio y pocos saben lo mucho que me costó comprender su lenguaje. Los Grau, cuando me lo dieron, me advirtieron que no sería fácil vermelas con él y me aclararon que de hecho nadie nunca lo había logrado al menos en Parque Chas. El libro era antiquísimo y según me dijo don Antonio había sido hallado por unos arqueólogos en Egipto a principios del siglo XX.
Cuando el Ingeniero me lo dio yo estaba mal porque extrañaba a Luz. De golpe se me había dado por atormentarme queriendo saber que sería de su vida, más allá, de lo que me contaba cuando hablábamos por teléfono. Me imagine que habría llorado aquel día que la llame para decirle que me había perdido en el laberinto y que ya no nos veríamos más. La veia abrazada a la señora Rosemberg, su madre, buscando consuelo. Después cai en la cuenta que en algún momento conocería a alguien allá en Europa y que el muy maldito ocuparía mi lugar, sin dudas, y seguro le daría el hijo que yo le había negado. ¿Cuánto tiempo habría durado su llanto por mí hasta terminar en los brazos de este hijo de puta? Estuve toda la noche demorándome en esa madeja tortuosa hecha de fantasía, imaginándome cada posible escena de manera minuciosa mientras tomaba una cerveza hasta que termine, quebrado por el llanto, lanzando la botella por la ventana que daba a Berlín.
En ese momento vi que Elmer venia caminando por la calle desierta con los brazos extendidos como un sonámbulo al punto que ni se mosqueo cuando la botella se estrello contra los adoquines. Eran las cinco o las seis de la madrugada Elmer, totalmente desnudo, apenas cubierto por la chaqueta del General, iba y venia como si lo llevaran los diablos. En eso, el cuñado del Ingeniero, se frenó en seco, saco la flor de su chaqueta militar y era como que la acariciaba pero de buenas a primeras empezó a los gritos a proferir insultos a diestra y siniestra. Después, hizo una reverencia a cada uno de los puntos cardinales, se calzo la rosa roja entre los dientes y canturreando la marchita se perdió por Berlín rumbo a la placita de la calle Londres.

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