Diario de una novela en construcción

Bienvenido a este blog. Si estás leyendo estas lineas es porque el destino lo ha querido ya que nada es casual (ni siquiera abrir una puerta o doblar una calle). El asunto es que ahora podrás seguir de cerca el proceso de escritura de mi novela en tiempo real. Se trata de Novelis, Artemio Novelis y sus peripecias que empiezan el día en que se pierde en Parque Chas tras un confuso episodio en el subte.

Esta historia que comenzó como un cuento, creció hasta convertirse en un proyecto de novela que intentare desarrollar a través de entradas breves que me permitan atravesar el laberinto de la creación poética.

Quién sabe si lo lograré...

jueves, 15 de julio de 2010

La dama que espera



La dama del pelo reluciente y la voz encantadora, ¿aguarda en una playa desierta o en la esquina de Londres y Copenhague? Pienso en eso y dibujo el círculo de la luna en mi cuaderno de anotaciones. Un eco melodioso reverbera en mi cabeza, un canto lejano, no es una música pero se deja oír con los ojos. Tic tac tic tac tic tac. Se me hace claro que deambula por ese extraño damero de calles pero tal vez es un sueño, tal vez Parque Chas no existe por lo tanto tampoco el Club del Trébol, tampoco la librería, tampoco el Craysler Carabela. Insinuas que estas imágenes son pura ilusión, te ruego que me las devuelvas, te digo ladrón, pero gritas mas fuerte y me las ocultas, y me desafias abriendo bien grande tu ojo de cíclope a que adivine en que mano estan. En esa. Perdiste; y suelto el llanto mientras te cagas de risa. Entonces despierto. Pero mi libro ya no está. ¿Cuántos millones de litros de agua hacen falta para albergar un enjambre de serpientes en mi sombrero? Tic tac tic tac tic tac. El tiempo es algo extraño. Como un molusco se expande y se contrae. El lunes antecede al miércoles para que ocurra el martes ¿Es la hora de ir a dormir o de despertar? La víbora se muerde la cola; el círculo vuelve a empezar. Entro y salgo por una puerta giratoria. Escribo junto a una ventana que da a la calle Dublín. Urdo un libro donde una dama misteriosa teje y desteje una noche infinita y espera mientras vago por las calles de un laberinto infranqueable que no figura en los mapas.

El círculo y las serpientes



-Cuénteme el sueño, Novelis.
- Me encuentro en el túnel. Una soga me sujeta por la cintura y no me deja avanzar. Me ata a algo que está detrás mio y que arrastro pero no me es posible ver a qué. Entonces saco un cuchillo que tengo en el sobretodo y corto la cuerda secamente. Camino por el pasadizo y al cabo de un rato me doy cuenta que es una red muy compleja de corredores subterraneos. Llego a un recodo donde hay una escalerita de metal en la pared de piedra. Subo los cuatro o cinco peldaños y doy con una escotilla. La levanto a duras penas porque es pesada, la corro a un costado cosa de poder pasar y finalmente la atravieso. La abertura da a una playa desierta y me asombra gratamente sentir ese aire salobre. Camino unos metros hacia la orilla del mar. Tengo la secreta sensación de que una puerta o mas bien un enorme y pesado portón se cierra tras de mi. En ese preciso instante escucho un estruendo y al voltearme descubro un cofre que ha caido del cielo para incrustrarse en la arena. Lo contemplo perplejo. En eso, del interior entran a salir más y más serpientes. Pronto son decenas que vienen a mi. Me quedo inmóvil, azorado, viendo como se deslizan rápidas y sigilosas. Entonces una voz que parece venir del mar me sugiere que trace un círculo a mi alrededor. Asi que tomo el cuchillo y le hago caso. Y las serpientes no pueden entrar. Pero me horroriza la idea de que un ramalazo del viento o una ola borre el círculo protector. En ese momento me despierto.
-¿Qué le pasa con las viboras, Novelis?
-Les tengo miedo, doctor. Recuerdo que una vez alguien me regalo para un cumpleaños un libro para colorear. Eran todas siluetas de animales y las que más llamaron mi atención fueron las de las serpientes, de hecho fue las que pinté. Unos días después fuimos al campo y mientras cazábamos pajaritos con mis primos, nos perdimos en un cultivo. De pronto escuchamos un alarido. Cuando fuimos a ver, mi prima Elba estaba tirada en el suelo. Una serpiente la había mordido en la pierna y después de unas horas murió. Cuando volvimos a casa agarre el libro, arranque las hojas donde estaban las víboras, las rompí en mil pedazos y a moco tendido le roge a mamá que las tirara por el desague.
-Pero han regresado y ese círculo en la arena no parece servir de mucho, Cuánto puede durar un dibujo hecho a orillas del mar. ¿Por qué no lee sobre las serpientes, Novelis? Investigue, aprenda todo lo que pueda sobre ellas, estudie sus diferentes especies, sus hábitos, en fin. Consulte libros de zoología si quiere y fíjese a ver que encuentra. Nada nos produce más temor que lo que desconocemos.

domingo, 11 de julio de 2010

El libro de la luna

Uno de los objetos más valiosos y extraordinarios del tesoro de la Orden era el libro de la luna. No viene al caso que detalle en este momento como fue que el Ingeniero lo tenía en su poder desde antes de mi aparición en Parque Chas. El asunto es que un día me lo dio y me dijo que me ayudaría en mi trabajo de escribir el libro que me habían encargado con su esposa.
El singular artefacto era en verdad un prodigio y pocos saben lo mucho que me costó comprender su lenguaje. Los Grau, cuando me lo dieron, me advirtieron que no sería fácil vermelas con él y me aclararon que de hecho nadie nunca lo había logrado al menos en Parque Chas. El libro era antiquísimo y según me dijo don Antonio había sido hallado por unos arqueólogos en Egipto a principios del siglo XX.
Cuando el Ingeniero me lo dio yo estaba mal porque extrañaba a Luz. De golpe se me había dado por atormentarme queriendo saber que sería de su vida, más allá, de lo que me contaba cuando hablábamos por teléfono. Me imagine que habría llorado aquel día que la llame para decirle que me había perdido en el laberinto y que ya no nos veríamos más. La veia abrazada a la señora Rosemberg, su madre, buscando consuelo. Después cai en la cuenta que en algún momento conocería a alguien allá en Europa y que el muy maldito ocuparía mi lugar, sin dudas, y seguro le daría el hijo que yo le había negado. ¿Cuánto tiempo habría durado su llanto por mí hasta terminar en los brazos de este hijo de puta? Estuve toda la noche demorándome en esa madeja tortuosa hecha de fantasía, imaginándome cada posible escena de manera minuciosa mientras tomaba una cerveza hasta que termine, quebrado por el llanto, lanzando la botella por la ventana que daba a Berlín.
En ese momento vi que Elmer venia caminando por la calle desierta con los brazos extendidos como un sonámbulo al punto que ni se mosqueo cuando la botella se estrello contra los adoquines. Eran las cinco o las seis de la madrugada Elmer, totalmente desnudo, apenas cubierto por la chaqueta del General, iba y venia como si lo llevaran los diablos. En eso, el cuñado del Ingeniero, se frenó en seco, saco la flor de su chaqueta militar y era como que la acariciaba pero de buenas a primeras empezó a los gritos a proferir insultos a diestra y siniestra. Después, hizo una reverencia a cada uno de los puntos cardinales, se calzo la rosa roja entre los dientes y canturreando la marchita se perdió por Berlín rumbo a la placita de la calle Londres.

domingo, 4 de julio de 2010

La novia de Elmer

Un domingo Elmer pasó por el Club y me pidió que lo acompañe a la placita de la calle Londres. El sol brillaba sobre los empedrados. Era una mañana muy calurosa.
-¿Qué día peronista, vio, Novelis?
-¿Qué vas a hacer a la plaza?
-Voy a cumplir un pedido del General. Parece que anda queriendo darle un gusto a su pueblo. Asi que Elmer tiene que obedecer.
-Ya veo. ¿Y esa flor, che?
-Ah, es para mi novia, nuestra abanderada. Pero ojo Novelis, eh. Que esto quede entre usted y yo…

Cuando llegamos a la placita, los pibes esperaban a Elmer sentados al pie del busto de Eva. Apenas lo vieron se le colgaron del cuello llenos de alegria. ¡Elmer! ¡Elmer!, gritaban y lo besaban. ¿Quieren jugar un rato en las hamacas y después los llevo a comer unos sandwiches?, les preguntó. Luego me miro como queriendo saber si yo tenia unos pesos. Asi que tome de la mano al que tenía una gorra y lo lleve a los juegos. Yo me quede con los pibes. Elmer volvió, se postró ante el busto de Eva, después le dio un beso en los labios y le ofrendó la flor. Más tarde fuimos con los pibes al Trébol. Le pedí al mozo que trajera unos sanwiches. Elmer no paraba de abanicarse por el calor. Los pibes comieron hasta casi atragantarse y no pararon de hacer travesuras. Se sacaban los mocos, se peleaban y hacian un bochinche bárbaro ante la risa indisimulada de nuestros amigos del Club.
-Cómo puede ser que en nuestra patria haya pibes que no tiene para comer, turco –le dijo Elmer a Jalil que se nos había agregado a la mesa.
-¿Podemos tomar coca?, suplico el de gorrita.
-Si, mijito ahora Novelis le pide al mozo. Ojo que después le digo a mi hermana que le devuelva la plata. Coman, chicos. Hoy van a pasar un lindo día como le gusta al General. Después, el turco va a dar una función de titeres para ustedes, ¿que les parece?

sábado, 3 de julio de 2010

La Orden de la Labrys

Borges ha dicho que más extraña que la idea de un hombre con cabeza de toro es la de una casa hecha para que la gente se pierda, pero la agudeza sin par del autor de Ficciones ha resaltado, no obstante, la correspondencia de ambas ocurrencias, pues es conveniente que en una casa monstruosa haya un habitante monstruoso.
De las innumerables versiones que intentan dar cuenta de las razones que tuvo el señor Chas para construir su laberinto, entre los barrios de Agronomía y Villa Urquiza, a mediados del 25’, casi ninguna es del todo cierta (no es verdad que alguien se lo ordeno en un sueño, no es cierto que su esposa practicaba la sodomía, tampoco que hizo un pacto diabólico). Lo cierto es que gracias a él, Buenos Aires, como antes Egipto o Creta, tendría también su propio laberinto.
La historia dice que uno o dos años antes de que comenzaran las obras, el señor Chas viajó con destino a Italia. En Sicilia, lo aguardaba la cúpula de la Orden de la Labrys, una sociedad secreta con filiales en todo el mundo de la que Chas era miembro. Durante aquel encuentro, en privado, Chas recibió de manos del señor Lamborghini, apoderado general de la Orden, los documentos de la sociedad y el pedido de llevarlos a Buenos Aires, junto con el tesoro de la antigua organización. La idea de los cofrades era designar a Chas Gran Daedalus de la Orden y proponer a la ciudad porteña como su nueva sede para resguardarse de los riesgos que implicaba una Europa arrasada por la guerra mundial. El señor Chas se mostró encantado y muy honrado por tal designación y se comprometió a construir un laberinto en las tierras que acababa de heredar en la capital argentina que no sólo preservaría el tesoro sino que mantendría, además, en el más absoluto silencio, sus actividades.
El flamante nuevo líder, a su regreso, puso manos a la obra, emplazó el laberinto y dispuso para si una casa en la calle Bauness, donde viviría el resto de su vida, dedicado a presidir la Orden y resguardar sus tesoros hasta el día de su muerte. Se dice que entre las muchas riquezas que acuñaba la Orden se encontraba una de las colecciones de arte antiguo más extraordinaria y cuantiosa de la historia, que había pasado de generación en generación, a través de los siglos, lo cual nos da una idea acerca de los remotos orígenes de la Orden.

jueves, 1 de julio de 2010

La rebelde Lilith

Una de las historias más atractivas del archiriquísimo acervo folklórico hebreo es sin duda la de la rebelde Lilith. Como ya dijimos, según la Biblia, la primera mujer de Adán fue Eva pero esta otra versión, acaso más antigua, dice que antes de ella ya había creado Dios a otra mujer. Cuentan que Adán debía ponerle un nombre a cada uno de los seres vivientes que había en el Edén y al verlos desfilar frente a si tomó conciencia que todos tenían pareja menos él. El primer hombre, que tenía ya veinte años, mantenia relaciones sexuales alternadamente con varias de esas hembras, pero no encontraba plena satisfacción con ninguna. Fue así que sintió que, en materia amorosa, el creador estaba en deuda con él. Enterado Dios del sentir de su criatura, le prometió hacer justicia y crear para él una compañera apropiada. Así fue que tomó barro, pero no habiendo ya del mismo que sirvió para darle forma a él, tuvo que echar mano a otro putrefacto y maloliente. Luego lo moldeo, le dio forma de mujer y sopló sobre su rostro el aliento de vida. Pero aunque Adán se unió a Lilith y podían disfrutar de las delicias infinitas del Edén donde no sólo las demás criaturas sino también los cuatro elementos de la naturaleza les eran obedientes, no había armonía entre ellos. El punto es que Adán pretendía que Lilith se acostara debajo de él para hacer el amor a lo que ella se negaba sistemáticamente alegando que ambos habían sido hechos de barro y por lo tanto eran iguales. Cuando Adán, cansado de la desobediencia de Lilith, fue a ver a Dios para que intercediera, este lo escucho atentamente y llamó a Lilith para reprenderla y decirle de su propia boca que debía obedecer a su esposo y ser sumisa con él. Lilith lo escuchó en silencio y se retiró pero cuando esa noche, en la intimidad, Adán la buscó, se volvió a reiterar la escena ya conocida hasta que Lilith, harta ya de los intentos de Adán de obligarla a obedecer, se levantó y furiosa pronunció el nombre mágico de Dios elevándose por los aires como hacen las brujas y, no sin antes maldecir a su esposo y al mismísimo ser supremo, partió rumbo al desierto, más allá de los límites del Edén. Lilith abandonó así a su esposo y desoyó reiteradas veces el pedido de Dios para que reflexionara y volviera junto con él. Se estableció en una cueva en el Mar Rojo y según una leyenda posterior se dedico a la lujuria engendrando cientos de demonios por día.

Regina Coeli



La luna gobierna sobre las aguas. No importa si se trata de lluvias, ríos o mares abundantes en peces. Ella marca un ritmo, un pulso constante; un abrir y cerrar, un perpetuo atar y desatar. Tal vez por eso se habla de ella como un icono de la resurrección de las almas. Su influjo actúa sobre todo lo que fluye como la circulación de la sangre, la cicatrización de una herida, el crecimiento del pelo o las plantas. Por su ciclo de veintiocho días está asociada a la mujer y por lo tanto a la fertilidad. Y se sabe que también incide sobre los alumbramientos.
La gente del campo sigue muy de cerca los ciclos lunares sobre todo antes de sembrar o cosechar los frutos de la tierra. La luna también se asocia con los espejos porque su fuego es el reflejo del sol. Se dice que Pitágoras tenía uno mágico que ante la luz lunar mostraba el porvenir. Hay algo inefable en la luna que desde siempre ha despertado nuestra imaginación inspirando a los poetas. Hay en este cuerpo celeste un halo de eterno retorno que acaso la hace resplandecer muy especialmente entre todos los arcanos.

martes, 15 de junio de 2010

Dédalo y la vaca mecánica

Dédalo vivía en Atenas. Su familia, perteneciente a la casa real, descendía de un rey legendario llamado Erecteo. Si son ciertas las versiones que lo acusan de haber asesinado a su sobrino, entonces habrá que aceptar que también lo son las que afirman que el Areópago, no pudiendo encontrar suficientes evidencias, lo sentenció al destierro en la isla de Creta.
Dédalo era grandioso. Su fama se extendía por toda la Hélade. Era un extraordinario artífice, el más brillante de todos. Por eso es posible que su ego de artista le haya jugado una mala pasada al advertir que Talos se perfilaba aún más sobresaliente que él. Su hermana se lo había confiado aún niño para que lo iniciara en el oficio. Muy pronto, el muchacho dio indicios de ser un joven precoz. Se dice que debemos a su talento el compás y la rueda de alfarero, además de la ya mencionada sierra que causaría su desgracia.
Dédalo era forjador y también arquitecto. Trabajaba como nadie las piedras preciosas lo que le permitía muchas veces ganarse el favor de las mujeres. Hacia joyas en verdad bellísimas. Uno de los datos más curiosos que se mencionan sobre él es el de unas esculturas capaces de cobrar movimiento. No son pocos los que afirman, incluso, que lo que las animaba no era ningún secreto mecanismo sino un verdadero prodigio. Al parecer, el gran artífice, dominaba ciertas artes mágicas en las que había sido iniciado por una sacerdotisa del templo de Hécate. La esposa de Minos era hija de esta diosa y hermana de Circe, la hechicera. Su sobrina era Medea, de quien sabemos algo gracias a la magistral tragedia que nos legó Eurípides. Toda la familia de Minos adoraba al inventor venido de Atenas sobre todo por estas curiosas muñecas móviles. Una tarde, la reina lo llamó sin que supiera Minos, para confesarle su pasión por el toro albino. Ella estaba al tanto de su fama como inventor y pensó que era el único que podía ayudarla. Y no se equivoco. Dédalo, luego de meditar, tuvo una idea. Al tiempo, el genial ateniense, había confeccionado una vaca mecánica hecha de madera hueca a la que hizo cubrir con cuero vacuno cosa de que presentara no sólo la apariencia sino también el olor de la hembra del toro. El artificio incluía una portezuela para que la reina pudiera entrar y acomodarse en la posición necesaria a la espera de que el toro se sintiera atraido. La reina estaba encantada y llenó de elogios a Dédalo que una vez más demostraba su genio sin igual. Luego, haciendo llevar el invento al pastizal donde se hallaba el toro de Poseidón, Pasifae entró, se acomodó y Dédalo se retiro discretamente. La vaca ideada por el ateniense estaba tan lograda que apenas el toro la vio, el poderoso instinto de la naturaleza lo venció y atropellando todo obstáculo, bramando, corrió hacia ella y la monto.
Tiempo más tarde, una vez nacido el mounstruo, fruto de este amor, Minos, obsesionado con encontrar la manera de ocultarlo, consultó el oráculo y obtuvo como respuesta que debía encargar a Dédalo la construcción de un laberinto. Un detalle a tener en cuenta es el significativo nombre de la reina que nos obliga a asociarla con el arquetipo lunar. En efecto, Pasifae, es “la que brilla para todos”.

miércoles, 9 de junio de 2010

El túnel de la noche

Debo admitir que aunque los métodos del doctor Sacarino me parecieron, al principio, algo excéntricos, fueron dando a la larga óptimos resultados. Atento a su indicación de hacer ejercicios, decidí tomar clases de Kung-Fu con Li Huan, la dueña de la pensión donde se hospedaba Francesca. El estilo que ella me enseñó, según supe después, era muy antiguo y su práctica consistía en la realización de una serie de movimientos muy estéticos de naturaleza Yin y otros de naturaleza Yang. Estas secuencias de combate imitaban las formas de ciertos animales como la grulla, la serpiente o el dragón, y uno debía aprenderlas hasta poder desplegarlas con absoluta fluidez y naturalidad. La parte previa del entrenamiento consistía en una serie de posturas más o menos estáticas, parecidas a las que en la India se denominan Yoga, que había que sincronizar con la respiración, lo cual desarrollaba un gran poder de concentración.
Más tarde, comprobé que los beneficios de esta práctica milenaria eran innumerables ya que por ejemplo liberaba endorfinas y regulaba el funcionamiento de las endócrinas. Pronto, a medida que avanzaba mi práctica, fui adquiriendo cierta destreza y, fundamentalmente, un óptimo estado físico y mental.
Con respecto a la otra sugerencia del médico de llevar un registro de mis sueños, opte por destinar uno de mis cuadernos para hacer anotaciones diarias. De todos los sueños que tuve sólo unos pocos se fueron haciendo recurrentes. Uno de los primeros que anoté fue el del túnel de la noche:
De pronto me encuentro en un lugar oscuro. La sensación que me acomete es la de estar aturdido y desesperado por querer salir. Pero cuando voy a dar el primer paso no puedo moverme. El túnel se ve sombrío y casi siempre lo sueño inundado (algunas veces de agua; otras de arena o pedregullo). Las paredes son frías y húmedas y percibo un olor muy fuerte y desagradable como el que despiden las flores mustias. El lugar se halla en ruinas y parece abandonado (no tengo forma de establecer donde diablos estoy). A lo lejos, a medida de que mis ojos se acostumbran a la oscuridad, vislumbro unos parpadeos de luz intermitente, pequeños, fugaces, como ráfagas que se recortan en la penumbra. Como si alguien, en lo que parece ser el final del túnel, estuviera encendiendo un fósforo o sacudiendo una antorcha. A veces, el sentimiento de soledad que experimento es tan intenso e insoportable, que me arranca un grito escalofriante que finalmente invade mi conciencia y me despierta. Otras veces el grito se ahoga, pero el dolor y la frustración, entonces, son tan intensos que igual me termino despertando.
Más allá de leves variaciones la acción del sueño es siempre la misma: un vano y desesperado intento por alcanzar la salida del túnel.

martes, 8 de junio de 2010

El huevo de la serpiente

Pero no sólo entre los griegos hubo hombres capaces de pretender igualarse a los dioses. En la tradición judeocristiana, otro caso análogo, es el de Adán y Eva. No hay lector de la Biblia que no caiga preso del asombro al enterarse de que la causa del sufrimiento, la jornada laboral y la muerte, reside en su desobediencia a un mandato divino.
El texto, uno de los más fascinantes del Antiguo Testamento, narra que los míticos padres del género humano vivían en el Edén en total armonía y felicidad, ignorantes de padecer alguno. Podían tomar todos los frutos que quisieran, salvo los del árbol del conocimiento del Bien y del Mal. La narración avanza y entra en escena un personaje crucial que va a marcar un punto de inflexión en el desarrollo de la historia. Es la serpiente, que curiosamente posee el don del habla y en algunas versiones, incluso, es alada. Este astuto personaje, hábil, sutil, sólo se limita a preguntarle a Eva porque no come del fruto del citado árbol y da muestra de ser un maestro del arte escénico al fingir sorpresa cuando ella le explica que ese es, precisamente, el único que Dios les ha prohibido. La serpiente se retira, pero antes, comenta como al pasar, que eso habrá de ser porque Dios no quiere que ellos sepan lo que él sabe. Eso es todo lo que hace la serpiente en este magnífico relato. El resto lo hace la mente de Eva. Ella piensa, calcula, mide y al hacerlo; conoce primero la desconfianza y después, la ambición. La serpiente ha encendido la mecha y desaparece cediendo el primer plano a la esposa de Adán. El desenlace de este relato es harto conocido. Eva habla con Adán, lo pone al tanto de su encuentro con su amiga la serpiente y le comenta lo que ha estado pensando. Él la escucha y al principio se opone, pero después Eva insiste y logra hacerlo ceder. Prueban el codiciado fruto, lo cual va a desatar la ira de Dios, que los expulsará del Edén y los castigará convirtiéndolos en seres vulnerables y mortales, pero autónomos.

El karma de Minos

A la muerte de su padre, Minos consultó el oráculo, y supo que era el elegido de los dioses para sucederlo en el trono de Creta. Sus hermanos, Sarpedón y Radamantis, lo miraron recelosos cuando el futuro nuevo rey fue a verlos para hacerles tal anuncio; y le dijeron que sólo aceptarían su reinado si podía realizar algún prodigio, que demostrara fehacientemente que contaba con el favor de los dioses. Minos les propuso entonces que le pediría a Poseidón, que haga surgir de las aguas el más maravilloso ejemplar de toro jamás visto, a condición de sacrificarlo luego en su honor. Sus hermanos aceptaron entusiasmados, pero cuando vieron emerger el magnífico toro albino, sin salir de su asombro, debieron rendirse ante la evidencia. Más tarde, la ambición y cierto grado de soberbia, cegaron a Minos haciéndole creer que sería posible burlar al dios de los mares. Pero la verdad salió a la luz, y cuando Poseidón comprobó el fraude, se vengo inspirando en la esposa de Minos un amor desenfrenado por aquel fabuloso animal.
Recordemos que la estirpe de Minos era de origen divino, ya que su advenimiento al mundo se produjo luego de la unión de Zeus, padre de los dioses y los hombres, y una mortal llamada Europa, a quien el dios rapto metamorfoseado de toro.

viernes, 4 de junio de 2010

Un enfermo muy sano

No fue nada fácil adaptarme a mi nueva vida en Parque Chas. Los Grau me ofrecieron quedarme en su casa a cambio de que los ayudara en la librería y les escribiera el libro. Eso resolvió la cuestión del hospedaje. Francesca, a su vez, fue de gran ayuda con el trazado de esas calles circulares producto ciertamente de una mente diabólica. Era muy talentosa para dibujar así que me hizo un mapa, que llevaba conmigo a todos partes cosa de orientarme. Hasta que poco a poco empecé a manejarme dentro del laberinto como el resto de sus habitantes.
En la librería trabajaba casi todos los días, salvo que la Arquitecta me necesitara para alguna otra cosa. A la tarde me ponía a escribir y después iba un rato al club El Trébol. Allí solía matar el tiempo jugando al pool o tomando cerveza mientras escuchaba alguna de las historias de Kid Moreno.
Con Luz, al principio, hablábamos casi todos los días por teléfono. Me contaba novedades de su trabajo o de mis amigos o de los preparativos de su viaje. Era evidente que se esforzaba en tomar lo que me había pasado con la mayor naturalidad posible y yo valoraba esto porque me daba cuenta que era su manera de ayudarme. Después, cuando finalmente se fue a Europa, las llamadas se fueron haciendo cada vez más espaciadas, hasta que un día, simplemente, no hablamos más.
Quizá lo más difícil para mí en aquellos tiempos fue asumir que esto que me había pasado no tenía retorno. No había un día en que no deseara fervientemente encontrar la forma de salir del maldito laberinto. A veces, incluso, esta idea me torturaba tanto por las noches que me era imposible conciliar el sueño. Entonces tomaba una de aquellas pastillas que me había dado la señora en el subte y zafaba, pero un día se terminaron y, al cabo de un tiempo, decidí que lo mejor era dejarme de macanas y aceptar el consejo del Ingeniero de ir a ver al doctor Sacarino a su consultorio en la calle Londres.

-¿Y desde cuando es que le pasa esto, Novelis?
-Desde que me perdí.
-¿Desde que se perdió?
-Si, doctor.
-¿Y por qué se perdió?
Esa pregunta me dejó mudo. Me sentí totalmente descolocado. Hasta ese momento yo pensaba que haberme perdido en esa especie de triangulo de las Bermudas porteño era lisa y llanamente nomás un producto del azar. Pero ahora empezaba a vislumbrar (no sin dolor, no sin asombro) que nada es casual y aunque aún no podía verlo claramente ya tenía la sospecha de que algo tenía yo que ver con esto que me había pasado.
-¿Fuma?
-No, doctor.
-¿Bebe?
-No, no. Tampoco.
-Abra la boca bien grande. Saque la lengua.
-¿Qué tengo, doctor?
-Mire m’hijo si no fuma ni bebe alguna cosita, cómo cuernos pretende dormir. Es una broma, Novelis… ¿Esta saliendo con alguien, tiene alguna amiga?
-No.
-¿Por qué no se consigue una novia? Eso siempre ayuda.
-¿Y eso por qué doctor?
-Novelis, menos averigua Dios y perdona. ¡Esto es científico!

Después, cuando lo consulte por las pastillas que me habían dado y le mostré el blister se sorprendió, pero mirándome por encima de los gruesos lentes, recomponiendo su cara de poker, me dijo que me quedara tranquilo que si me habían dado resultado me daría más.
-Tome una diariamente junto con la cena y si puede también ayúdese con un vaso de leche tibia.
Luego me dijo que quería que nos viéramos periódicamente y me sugirió que empezara a anotar mis sueños porque eso era muy importante, ¿le parece, doctor? Por supuesto, me dijo. Finalmente se puso de pie y dejando a un lado su cuaderno de notas me dijo:
-Quédese tranquilo que lo suyo no es grave, Novelis.
-¿Usted cree, doctor?
-Desde luego, hombre. Le digo más, usted es un enfermo muy sano, así que nomás
voy a prescribirle una dieta y unos ejercicios físicos y con eso ya va a ver que bien va a andar.
-¿Una dieta, doctor?
-Claro, hombre. Soy nutricionista. Pero quédese tranquilo. Siga mis instrucciones a pie juntillas y todo marchara sobre ruedas. Y hágame caso, no dude en tomar algo de alcohol si ve que lo necesita y ante el menor problema me viene a ver o me llama.
-Está bien. Muchas gracias, doctor.
-Vaya, vaya. Ah, Novelis… no se abuse con las pastillas que son laxantes.

domingo, 30 de mayo de 2010

La muerte de Talos

Algunos historiadores cuentan que Dédalo tenia un ayudante llamado Tántalo o Talos y que, envidioso porque un día lo superó al inventar una sierra mejor que la suya (al parecer hecha con una mandíbula de serpiente) lo convenció para que subiera a la Acrópolis y luego, mediante un engaño, aprovecho un descuido de Talos y lo arrojo desde lo alto causándole la muerte. Otros no van tan lejos y afirman que la muerte de Talos sólo fue un accidente. Como dijimos, Dédalo concibió y construyó el laberinto para encerrar al monstruo de Minos pero antes, además, ideo una vaca mecánica. Este curioso artefacto que inventó Dédalo le permitió a Pasifae meterse dentro y engañar al monstruo para que copulara con ella.

Asterion



En “La casa de Asterion”, Borges describe el laberinto de Creta. El cuento está narrado en primera persona por el mismísimo mounstruo y hay quienes encuentran en esta originalidad lo más valioso que nos puede deparar su lectura. En todas las versiones anteriores del mito el minotauro resultaba siempre el victimario. Borges en su relato lo propone como la victima. La fuerza dramática del cuento esta justamente en el peso del encierro y la soledad que soporta el minotauro, preso de un laberinto que para Borges por supuesto ha de ser infinito.
En el final del cuento, la muerte tiene una función liberadora, incluso sabemos que el Minotauro la desea, y esto es quizá lo que Teseo no entiende. El Minotauro no se resiste porque desde siempre ha estado esperando que la espada de Teseo lo redima y le ponga fin a una existencia absurda.
Pero no sólo hay laberintos arquitectónicos, hechos de piedra y argamasa. Mucho más inquietantes, mucho más atroces, son los que construimos dentro de nosotros mismos. Me refiero al laberinto de las maquinaciones de nuestra propia mente.
El físico nos lleva a perdernos en los corredores del mundo y como ya dijimos de eso nos libera la muerte. El otro, en cambio, el de nuestra psicología, es invisible e inmaterial y lo llevamos con nosotros donde quiera que vamos.

martes, 9 de marzo de 2010

Luz Rosemberg



Con Luz en aquel entonces discutíamos por todo y casi nunca nos poníamos de acuerdo. Desde hacia un año, ella decía que necesitaba un cambio. Quería que nos fuéramos a vivir a Europa. Hablo incluso de tener un hijo. Le pedí que me diera un tiempo para pensarlo pero creo que ella se daba perfecta cuenta de que yo estaba en otra cosa. En realidad la arquitecta tenía razón, yo no tenía ni idea de lo que quería. Mi vida se había vuelto insípida e incolora como un vaso de agua. El trabajo rutinario en la editorial, las escapadas cada vez más frecuentes al cine, los reproches de Luz cada vez que llegaba tarde o borracho, sus dolores de cabeza las pocas veces que intentaba llevarla a la cama.
A veces, a la salida del trabajo, cuando no venia a buscarme inventaba cualquier excusa y en vez de regresar a casa, me iba a caminar solo por el centro. Me sentaba en algún bar de Corrientes y dejaba pasar las horas tomando cerveza. Casi no me di cuenta cuando fue que empezamos a alejarnos así el uno del otro. Cenábamos en el más absoluto silencio a menos que sonara el teléfono o alguno de los dos encendiera la radio. Recuerdo el día que me dijo que consiguió el trabajo de camarera. Por un lado sentí alivio porque eso significaría mas libertad para mi pero también mostraba que la grieta era cada vez mayor.
Paso el invierno y arrecio el trabajo en la editorial. Cada día llegaban montones de libros nuevos y había que bajar al depósito, revisar cada caja, separarlos, revisar los remitos y acomodarlos en los estantes. Llegaba exhausto. Nomás me tiraba en la cama y me quedaba dormido sin siquiera cenar. Luz empezó a cubrir el turno de la noche en el bar así que casi no nos veíamos más que en el desayuno. Varias veces, café de por medio, era ella la que sacaba el tema de que lo nuestro no iba más y que debíamos hacer algo. No sé porque trataba de retenerla sacando la cuestión del hijo que ella quería tener. Era absurdo querer retenerla con eso pero lo hacia.
Una semana antes de perderme en Parque Chas, me mostró el pasaje y supe que se iría nomás a Europa. Durante aquellos últimos días, a veces, mientras sacaba sus cosas del ropero y preparaba su equipaje, llorábamos y nos abrazábamos. Ella me hablaba, yo miraba la valija y la veía doblar prolijamente la ropa sobre la cama, y pensaba que no era cierto. Una noche soñé que me daba un paquete hecho con papel de diario, lo abría y adentro estaba el pececito que le regale cuando nos pusimos de novios. Olía horrible y le revoloteaban las moscas. Sin decir nada le metía la mano en la boca, sacaba una esquela babosa con un corazón desdibujado y me la daba. Yo lloraba y las lágrimas se deslizaban sobre el metálico pececito.
La última noche nos quedamos despiertos tirados en la cama recordando viejos tiempos. Nos sacamos un poco el cuero, hablamos de bueyes perdidos y en eso Luz me soltó entre risas: “vos te moriste en Londres a fines del siglo XVIII, fuiste al cielo y como no soportaban más oírte hablar te dieron una patada en el culo y viniste a parar a este país de mierda, pero no para trabajar; sino a escribir poesía”. Primero me reí a carcajadas y después por supuesto la mande a la puta madre que la parió. Después la piropee, la bese y me puse a jugar con su pelo. Le acaricie las piernas. Le propuse hacer el amor por última vez. Ella accedió, pero en el mejor momento se levantó de un salto de la cama y rajó para el baño. Perplejo fui a verla. La encontré llorando. Intente consolarla pero me pidió que la dejara sola y cerró la puerta. Creo que en ese momento entendí que la había perdido para siempre.

sábado, 6 de marzo de 2010

Confuso episodio en el subte



Absorto en mis pensamientos no advertí que casi estábamos llegando a Malabia. Como todas las tardes, regresábamos de la editorial. Esta vez el gentío era tal que a duras penas me podía mover. Alcance a ver a Luz apenas por encima de las cabezas de los demás pasajeros, que pegada al vidrio de la puerta del vagón, como podía, me insistía con señas para que me apurara. Le di un codazo a un tipo y me miro torvamente, “permiso, por favor”, dije tímidamente, pero nada. Ya casi llegábamos podía ver las luces de la estación y oír el chirrido de la lenta frenada. “Viajamos apretados como sardinas”, se quejó una señora con un estrafalario sombrero cuya ala de paja me refregó en la nariz y me hizo estornudar.
Las puertas se abrieron, y cuando vi que Luz se bajó me desespere. Déjenme bajar, grite. Por que no viaja en taxi muchacho, me contesto irónico el tipo al que había codeado. Todo fue inútil. Lentamente pero de manera inexorable por la ventanilla Luz se desdibujaba ante mis ojos junto con todo el andén. Grite no recuerdo bien que. Dudo que haya sido una palabra. Fue mas bien, creo, un sonido gutural, como si algo desde lo más profundo de mi ser saliera a la superficie con la furia de un volcán. Poco me importo que me miraran como a un bicho raro (estaba demasiado ocupado en lo que empezaba a pasarme como para darle importancia a eso).
La señora del sombrero se dio cuenta que estaba a punto de desmayarme, y al tiempo que pidió que alguien me cediera el asiento, empezó a echarme aire con el sombrero. “Que le pasa”, quiso saber alguien que no podía distinguir bien por que se me había nublado la vista. La gente empezó a murmurar a mi alrededor: debe estar drogado, no diga pavadas, hombre. Usted lo defiende por que debe ser igual. Abran cancha que no puede respirar. Alguien creo ofreció una botellita de agua mineral y la señora del sombrero se humedeció las manos y me la paso por la cara.
Oleadas de escalofríos me recorrían la espalda desde la base de la columna hasta la coronilla. Tenía sed, pero no quería tomar agua. Me faltaba el aire. Le hice una seña a alguien para que me abriera la ventanilla. ¿Sufrís de taquicardia?, me pregunto la amable señora. Quise contestarle pero la lengua me pesaba una tonelada y sentí un hormigueo en la boca, como si la tuviera dormida. No podía hablar. Me preguntó si tomaba alguna medicación. Dije que no con la cabeza. Entonces abrió su cartera, sacó un blister de píldoras color rosa pálido y me dio una junto a la botellita de agua. Esto te va a ser bien, me dijo. Lo importante es que vos la quieras tomar.
Siempre fui reacio a los medicamentos pero me sentía tan mal que hubiera tomado hasta una cucharada de aceite para autos con tal de sentirme mejor.
Bueno joven, yo bajo acá. Si quiere bájese también y lo acompaño a tomar un taxi. Muchas gracias señora, balbucee como pude, mientras pensaba que hacer. Fue entonces que ocurrió algo imprevisto. Por los parlantes anunciaron que la formación no se detendría sino hasta la estación terminal Los Incas en Parque Chas, con lo cual se armó un gran revuelo. La señora, sorprendida y contrariada como todos, no obstante, me dio el blíster de pastillas.


Al llegar a Los Incas se apagaron las luces de todos los vagones y una voz metálica, distorsionada, rasposa, anunció que el servicio se suspendía por tiempo indefinido, todos los pasajeros deberán descender. La confusión se apodero de todos los que viajábamos y la salida de los vagones fue a los empujones. Me quede inmóvil sobre el andén en medio de la gente que empezó a comportarse como una manada. Una pareja de jóvenes paso corriendo y me atropelló. Me pesaban las piernas como si arrastrara algo o caminara sobre arena. La gente iba y venia tratando de salir. Un operario de Metrovías me encandiló con la linterna. Tenía la mente en blanco y temí desmayarme. Alguien me empujo de atrás y creo que efectivamente me desmaye.
Lo que pasó entre ese instante y el momento en que me perdí en Parque Chas permaneció a oscuras en mi mente durante mucho tiempo y recién pude ir aclararandoló a medida que fue pasando el tiempo gracias en parte al doctor Saccarino y a mi tarea diaria de escribirles el libro a los Grau.

viernes, 26 de febrero de 2010

Minos y el laberinto



Nadie ignora en Buenos Aires que Parque Chas es un laberinto.Una de las mejores definiciones acerca de lo que es un laberinto es la que dice que es una arquitectura pensada para confundir nuestra mente.Nadie se atreve a entrar en un laberinto.Por lo tanto, nadie se atreve a entrar a Parque Chas.
El laberinto más famoso de la historia es el de Creta, en Grecia. Cuentan que el rey Minos quería ocultar al Minotauro, monstruo mitad toro, mitad hombre, fruto de la relación entre su esposa Pasifae y un toro blanco, y con ese fin lo mandó a construir aproximadamente en el segundo milenio antes de Cristo.
Dédalo, el más extraordinario inventor por aquellos tiempos, no tardó en concebir los planos que maravillarían al rey. En su construcción intervinieron centenares de hombres y muchos de ellos murieron durante la obra.
Cuenta la leyenda que el rey Minos intentó burlar a los dioses quedándose para si al singular toro blanco que debía dar en sacrificio a Poseidón. A cambio, entregó otro de menor rango. Curiosamente, con el tiempo, ese mismo toro blanco, despertaría en su esposa, la reina, una alocada pasión de la que nacería un monstruo que lo llenaría de humillación durante el resto de su vida.
Cabe mencionar que no son pocos los que ven en esta serie de hechos desafortunados una ironía de los dioses a quienes como todos saben no les gusta ser engañados por los hombres.

La librería de los Grau



No bien entré a la Hebra de Oro, detrás de un escritorio de ébano, distinguí al Ingeniero que sin percatarse de mi presencia hablaba y le alcanzaba una pila de libros a Elmer que subido a una gran escalera con rueditas, no sin torpeza, trataba de abarajarlos y acomodarlos en los amplios estantes de una biblioteca visiblemente deteriorada. Del otro lado de la escalera, Francesca plumereaba y cada tanto tomaba notas en una libreta que guardaba y sacaba de su blusa ante la mirada risueña de Elmer.
-Anota esto, metele: ¿si un libro tiene dos finales, debe valer igual que otro que no tiene más que uno? ¿Y debe también, necesariamente, contar con dos principios? ¿Anotaste?
-Si, Ingeniero.
-¿Y si un cliente al llevarlo a su casa descubre con asombro que le falta un final o un principio está en condiciones de reclamar?, quiero decir, Francesca, ¿estás anotando?
-Si, Ingeniero. Cada palabra.
-Exelente. Decía, como hace para reclamar. Cómo sabe cual de los dos principios o finales es el que le falta y en caso de que sea capaz de descifrarlo a quien debe reclamar, ¿al librero?, ¿al escritor?, ¿al editor?, ¿a si mismo?, eh, Francesca.
Elmer festejaba y se sacudía agarrado a la escalera. No recuerdo que dije o si tosí o golpeé fuerte las manos. El asunto es que Elmer se rascó la cabeza y ante una leve seña del Ingeniero bajó de un salto como un gato de la escalera y empezó a atocigarme con miradas cortas como de pájaro. Me dio la impresión de que lo hacia con picardía y pensé que tal vez creía que le estaba mirando las piernas a Francesca. Después, cuando ella bajo de la escalera y dejó el plumero sobre el escritorio; se acomodo la minifalda y me miro, yo me sonroje.

-Disculpen, pero no sé donde estoy. ¿Podrían ayudarme?
-Ha llegado usted al lugar correcto -dijo el Ingeniero pasándole una última pila de libros a Francesca que trepó de nuevo de manera sinuosa a la escalera. Un chicle le bailaba en la boca.
-¿Está perdido?
-No sé como salir de estas calles circulares.
Elmer empezó a reírse otra vez. Era ese tipo de risa entrecortada que uno se esfuerza en contener, sobre todo cuando la situación no amerita. En ese momento don Antonio se me acercó y noté que tenía un ojo de vidrio de color grisáceo como una nube.


-Traele rápido una toalla al muchacho que esta empapado, Francesca.
-¿Dónde estoy?
-Amigo, usted ha entrado a Parque Chas.-dijo pasando al otro lado del escritorio, en tono amable.
-¿Qué le pasa se siente mal? –me preguntó. La vista se me nubló y otra vez empezaron a transpirarme las manos y a faltarme el aire. Elmer me acercó una silla; Francesca me secaba con la toalla.
-Cálmese, no pensará que lo vamos a dejar solo en semejante situación y con esta lluvia.
El Ingeniero me extendió la mano y con voz clara y firme me dijo:
-Acá tiene una mano amiga. Ingeniero Antonio Grau, a sus órdenes.
Luego me ofreció alquilarme una pieza
-Pero no tengo casi dinero –exclamé algo extrañado sacando de mi bolsillo la billetera
-Caramba, eso si es un problema, hombre.
-No tengo mas de $40
-Démelos –dijo manoteando la plata –por esta noche será suficiente. Vaya Francesca avísele a la Arquitecta que prepare la pieza y agregue un cubierto, tenemos un huésped. Don Antonio acercó uno por uno los billetes a su ojo sano oscultandolos a contra luz
-Y que pasará mañana, don Antonio? –inquirí con evidentes signos de preocupación
-Ya pensaremos algo, ahora no se preocupe. A cada día le basta su afán. Esta noche podrá descansar como Dios manda y mañana será otro día…
Don Antonio me llevo hasta la entrada. Ahí nos quedamos viendo como la lluvia, minuciosa golpeaba los vidrios
-¿Cómo entró ¿recuerda?
-Ya le dije. Estaba en estación Los Incas. No sé que pasó después, sólo sé que de pronto me encontré caminando en círculos y me perdí.
-¿Pero entró por Cadiz o por La Haya?
-No lo sé.
-¿Y dígame, Pudo verlo, muchacho?
-¿Que cosa? No entiendo, Sr. Grau.
-¿Lo vio si o no?
-Disculpe, no sé de que me habla.
-Déjelo. Haga de cuenta que no dije nada.

jueves, 25 de febrero de 2010

Parque Chas



Eso fue para mi Parque Chas. Ni mas ni menos que todo lo que el resto del universo no era, ni jamás podría llegar a ser. Han pasado muchos años. Mucho de lo visto y oído allí se ha perdido para siempre como desaparece el contorno de un circulo trazado en la arena. Algo siempre queda. En mi caso, el sabor de una comida hecha con esmero, el encanto de la Arquitecta, el eco de sus tacos por las escaleras, las confusas calles, el estallido brusco de las bolas de pool entrando a una tronera en El Trébol, la voz afinada de Elmer canturreando la marchita, pálidas reminisencias que aparentan ser difusas pero que inmediatamente, no bien se aclaran, remiten a otra y esta a su vez a otra que me devuelve algo que parecía perdido
He decidido seguir estos rastros. Es un intento de armar una suerte de rompecabezas y contar como les escribí el libro a los Grau. Se esperar. Solo tengo que tirar del hilo apropiado que poco a poco ira desovillando la trama. Me he habituado a buscar en la oscuridad, puedo hacerlo con o sin brújula, eso no importa. Alguien me dijo una vez que mis ojos brillan como los de un gato en la oscuridad pero también puedo, aun cuando el sol raja la tierra, sacar una linterna de la nada y husmear como si fuera de noche detrás de cada rincón, debajo de cada piedra, sin la menor esperanza de encontrar nada. Pero por sobre todas las cosas soy dueño, creo, de una enorme bravura y por eso no le temo a nada.
Pero no siempre fui así. Aunque este espíritu heroico al que me refiero debió estar en ciernes cuando llegue a Parque Chas no se desarrollo plenamente sino hasta el día en que acepte la estrafalaria empresa que me propusieron los Grau y que sin que yo pudiera darme cuenta, estaba destinada a ser la más insólita y apasionante aventura de toda mi vida.
La historia, si es que hay una, comienza el día que me perdí en Parque Chas y di con la librería de los Grau.