Diario de una novela en construcción

Bienvenido a este blog. Si estás leyendo estas lineas es porque el destino lo ha querido ya que nada es casual (ni siquiera abrir una puerta o doblar una calle). El asunto es que ahora podrás seguir de cerca el proceso de escritura de mi novela en tiempo real. Se trata de Novelis, Artemio Novelis y sus peripecias que empiezan el día en que se pierde en Parque Chas tras un confuso episodio en el subte.

Esta historia que comenzó como un cuento, creció hasta convertirse en un proyecto de novela que intentare desarrollar a través de entradas breves que me permitan atravesar el laberinto de la creación poética.

Quién sabe si lo lograré...

viernes, 26 de febrero de 2010

La librería de los Grau



No bien entré a la Hebra de Oro, detrás de un escritorio de ébano, distinguí al Ingeniero que sin percatarse de mi presencia hablaba y le alcanzaba una pila de libros a Elmer que subido a una gran escalera con rueditas, no sin torpeza, trataba de abarajarlos y acomodarlos en los amplios estantes de una biblioteca visiblemente deteriorada. Del otro lado de la escalera, Francesca plumereaba y cada tanto tomaba notas en una libreta que guardaba y sacaba de su blusa ante la mirada risueña de Elmer.
-Anota esto, metele: ¿si un libro tiene dos finales, debe valer igual que otro que no tiene más que uno? ¿Y debe también, necesariamente, contar con dos principios? ¿Anotaste?
-Si, Ingeniero.
-¿Y si un cliente al llevarlo a su casa descubre con asombro que le falta un final o un principio está en condiciones de reclamar?, quiero decir, Francesca, ¿estás anotando?
-Si, Ingeniero. Cada palabra.
-Exelente. Decía, como hace para reclamar. Cómo sabe cual de los dos principios o finales es el que le falta y en caso de que sea capaz de descifrarlo a quien debe reclamar, ¿al librero?, ¿al escritor?, ¿al editor?, ¿a si mismo?, eh, Francesca.
Elmer festejaba y se sacudía agarrado a la escalera. No recuerdo que dije o si tosí o golpeé fuerte las manos. El asunto es que Elmer se rascó la cabeza y ante una leve seña del Ingeniero bajó de un salto como un gato de la escalera y empezó a atocigarme con miradas cortas como de pájaro. Me dio la impresión de que lo hacia con picardía y pensé que tal vez creía que le estaba mirando las piernas a Francesca. Después, cuando ella bajo de la escalera y dejó el plumero sobre el escritorio; se acomodo la minifalda y me miro, yo me sonroje.

-Disculpen, pero no sé donde estoy. ¿Podrían ayudarme?
-Ha llegado usted al lugar correcto -dijo el Ingeniero pasándole una última pila de libros a Francesca que trepó de nuevo de manera sinuosa a la escalera. Un chicle le bailaba en la boca.
-¿Está perdido?
-No sé como salir de estas calles circulares.
Elmer empezó a reírse otra vez. Era ese tipo de risa entrecortada que uno se esfuerza en contener, sobre todo cuando la situación no amerita. En ese momento don Antonio se me acercó y noté que tenía un ojo de vidrio de color grisáceo como una nube.


-Traele rápido una toalla al muchacho que esta empapado, Francesca.
-¿Dónde estoy?
-Amigo, usted ha entrado a Parque Chas.-dijo pasando al otro lado del escritorio, en tono amable.
-¿Qué le pasa se siente mal? –me preguntó. La vista se me nubló y otra vez empezaron a transpirarme las manos y a faltarme el aire. Elmer me acercó una silla; Francesca me secaba con la toalla.
-Cálmese, no pensará que lo vamos a dejar solo en semejante situación y con esta lluvia.
El Ingeniero me extendió la mano y con voz clara y firme me dijo:
-Acá tiene una mano amiga. Ingeniero Antonio Grau, a sus órdenes.
Luego me ofreció alquilarme una pieza
-Pero no tengo casi dinero –exclamé algo extrañado sacando de mi bolsillo la billetera
-Caramba, eso si es un problema, hombre.
-No tengo mas de $40
-Démelos –dijo manoteando la plata –por esta noche será suficiente. Vaya Francesca avísele a la Arquitecta que prepare la pieza y agregue un cubierto, tenemos un huésped. Don Antonio acercó uno por uno los billetes a su ojo sano oscultandolos a contra luz
-Y que pasará mañana, don Antonio? –inquirí con evidentes signos de preocupación
-Ya pensaremos algo, ahora no se preocupe. A cada día le basta su afán. Esta noche podrá descansar como Dios manda y mañana será otro día…
Don Antonio me llevo hasta la entrada. Ahí nos quedamos viendo como la lluvia, minuciosa golpeaba los vidrios
-¿Cómo entró ¿recuerda?
-Ya le dije. Estaba en estación Los Incas. No sé que pasó después, sólo sé que de pronto me encontré caminando en círculos y me perdí.
-¿Pero entró por Cadiz o por La Haya?
-No lo sé.
-¿Y dígame, Pudo verlo, muchacho?
-¿Que cosa? No entiendo, Sr. Grau.
-¿Lo vio si o no?
-Disculpe, no sé de que me habla.
-Déjelo. Haga de cuenta que no dije nada.

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