
No bien entré a la Hebra de Oro, detrás de un escritorio de ébano, distinguí al Ingeniero que sin percatarse de mi presencia hablaba y le alcanzaba una pila de libros a Elmer que subido a una gran escalera con rueditas, no sin torpeza, trataba de abarajarlos y acomodarlos en los amplios estantes de una biblioteca visiblemente deteriorada. Del otro lado de la escalera, Francesca plumereaba y cada tanto tomaba notas en una libreta que guardaba y sacaba de su blusa ante la mirada risueña de Elmer.
-Anota esto, metele: ¿si un libro tiene dos finales, debe valer igual que otro que no tiene más que uno? ¿Y debe también, necesariamente, contar con dos principios? ¿Anotaste?
-Si, Ingeniero.
-¿Y si un cliente al llevarlo a su casa descubre con asombro que le falta un final o un principio está en condiciones de reclamar?, quiero decir, Francesca, ¿estás anotando?
-Si, Ingeniero. Cada palabra.
-Exelente. Decía, como hace para reclamar. Cómo sabe cual de los dos principios o finales es el que le falta y en caso de que sea capaz de descifrarlo a quien debe reclamar, ¿al librero?, ¿al escritor?, ¿al editor?, ¿a si mismo?, eh, Francesca.
Elmer festejaba y se sacudía agarrado a la escalera. No recuerdo que dije o si tosí o golpeé fuerte las manos. El asunto es que Elmer se rascó la cabeza y ante una leve seña del Ingeniero bajó de un salto como un gato de la escalera y empezó a atocigarme con miradas cortas como de pájaro. Me dio la impresión de que lo hacia con picardía y pensé que tal vez creía que le estaba mirando las piernas a Francesca. Después, cuando ella bajo de la escalera y dejó el plumero sobre el escritorio; se acomodo la minifalda y me miro, yo me sonroje.
-Disculpen, pero no sé donde estoy. ¿Podrían ayudarme?
-Ha llegado usted al lugar correcto -dijo el Ingeniero pasándole una última pila de libros a Francesca que trepó de nuevo de manera sinuosa a la escalera. Un chicle le bailaba en la boca.
-¿Está perdido?
-No sé como salir de estas calles circulares.
Elmer empezó a reírse otra vez. Era ese tipo de risa entrecortada que uno se esfuerza en contener, sobre todo cuando la situación no amerita. En ese momento don Antonio se me acercó y noté que tenía un ojo de vidrio de color grisáceo como una nube.
-Traele rápido una toalla al muchacho que esta empapado, Francesca.
-¿Dónde estoy?
-Amigo, usted ha entrado a Parque Chas.-dijo pasando al otro lado del escritorio, en tono amable.
-¿Qué le pasa se siente mal? –me preguntó. La vista se me nubló y otra vez empezaron a transpirarme las manos y a faltarme el aire. Elmer me acercó una silla; Francesca me secaba con la toalla.
-Cálmese, no pensará que lo vamos a dejar solo en semejante situación y con esta lluvia.
El Ingeniero me extendió la mano y con voz clara y firme me dijo:
-Acá tiene una mano amiga. Ingeniero Antonio Grau, a sus órdenes.
Luego me ofreció alquilarme una pieza
-Pero no tengo casi dinero –exclamé algo extrañado sacando de mi bolsillo la billetera
-Caramba, eso si es un problema, hombre.
-No tengo mas de $40
-Démelos –dijo manoteando la plata –por esta noche será suficiente. Vaya Francesca avísele a la Arquitecta que prepare la pieza y agregue un cubierto, tenemos un huésped. Don Antonio acercó uno por uno los billetes a su ojo sano oscultandolos a contra luz
-Y que pasará mañana, don Antonio? –inquirí con evidentes signos de preocupación
-Ya pensaremos algo, ahora no se preocupe. A cada día le basta su afán. Esta noche podrá descansar como Dios manda y mañana será otro día…
Don Antonio me llevo hasta la entrada. Ahí nos quedamos viendo como la lluvia, minuciosa golpeaba los vidrios
-¿Cómo entró ¿recuerda?
-Ya le dije. Estaba en estación Los Incas. No sé que pasó después, sólo sé que de pronto me encontré caminando en círculos y me perdí.
-¿Pero entró por Cadiz o por La Haya?
-No lo sé.
-¿Y dígame, Pudo verlo, muchacho?
-¿Que cosa? No entiendo, Sr. Grau.
-¿Lo vio si o no?
-Disculpe, no sé de que me habla.
-Déjelo. Haga de cuenta que no dije nada.
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