Dédalo vivía en Atenas. Su familia, perteneciente a la casa real, descendía de un rey legendario llamado Erecteo. Si son ciertas las versiones que lo acusan de haber asesinado a su sobrino, entonces habrá que aceptar que también lo son las que afirman que el Areópago, no pudiendo encontrar suficientes evidencias, lo sentenció al destierro en la isla de Creta.
Dédalo era grandioso. Su fama se extendía por toda la Hélade. Era un extraordinario artífice, el más brillante de todos. Por eso es posible que su ego de artista le haya jugado una mala pasada al advertir que Talos se perfilaba aún más sobresaliente que él. Su hermana se lo había confiado aún niño para que lo iniciara en el oficio. Muy pronto, el muchacho dio indicios de ser un joven precoz. Se dice que debemos a su talento el compás y la rueda de alfarero, además de la ya mencionada sierra que causaría su desgracia.
Dédalo era forjador y también arquitecto. Trabajaba como nadie las piedras preciosas lo que le permitía muchas veces ganarse el favor de las mujeres. Hacia joyas en verdad bellísimas. Uno de los datos más curiosos que se mencionan sobre él es el de unas esculturas capaces de cobrar movimiento. No son pocos los que afirman, incluso, que lo que las animaba no era ningún secreto mecanismo sino un verdadero prodigio. Al parecer, el gran artífice, dominaba ciertas artes mágicas en las que había sido iniciado por una sacerdotisa del templo de Hécate. La esposa de Minos era hija de esta diosa y hermana de Circe, la hechicera. Su sobrina era Medea, de quien sabemos algo gracias a la magistral tragedia que nos legó Eurípides. Toda la familia de Minos adoraba al inventor venido de Atenas sobre todo por estas curiosas muñecas móviles. Una tarde, la reina lo llamó sin que supiera Minos, para confesarle su pasión por el toro albino. Ella estaba al tanto de su fama como inventor y pensó que era el único que podía ayudarla. Y no se equivoco. Dédalo, luego de meditar, tuvo una idea. Al tiempo, el genial ateniense, había confeccionado una vaca mecánica hecha de madera hueca a la que hizo cubrir con cuero vacuno cosa de que presentara no sólo la apariencia sino también el olor de la hembra del toro. El artificio incluía una portezuela para que la reina pudiera entrar y acomodarse en la posición necesaria a la espera de que el toro se sintiera atraido. La reina estaba encantada y llenó de elogios a Dédalo que una vez más demostraba su genio sin igual. Luego, haciendo llevar el invento al pastizal donde se hallaba el toro de Poseidón, Pasifae entró, se acomodó y Dédalo se retiro discretamente. La vaca ideada por el ateniense estaba tan lograda que apenas el toro la vio, el poderoso instinto de la naturaleza lo venció y atropellando todo obstáculo, bramando, corrió hacia ella y la monto.
Tiempo más tarde, una vez nacido el mounstruo, fruto de este amor, Minos, obsesionado con encontrar la manera de ocultarlo, consultó el oráculo y obtuvo como respuesta que debía encargar a Dédalo la construcción de un laberinto. Un detalle a tener en cuenta es el significativo nombre de la reina que nos obliga a asociarla con el arquetipo lunar. En efecto, Pasifae, es “la que brilla para todos”.
martes, 15 de junio de 2010
miércoles, 9 de junio de 2010
El túnel de la noche
Debo admitir que aunque los métodos del doctor Sacarino me parecieron, al principio, algo excéntricos, fueron dando a la larga óptimos resultados. Atento a su indicación de hacer ejercicios, decidí tomar clases de Kung-Fu con Li Huan, la dueña de la pensión donde se hospedaba Francesca. El estilo que ella me enseñó, según supe después, era muy antiguo y su práctica consistía en la realización de una serie de movimientos muy estéticos de naturaleza Yin y otros de naturaleza Yang. Estas secuencias de combate imitaban las formas de ciertos animales como la grulla, la serpiente o el dragón, y uno debía aprenderlas hasta poder desplegarlas con absoluta fluidez y naturalidad. La parte previa del entrenamiento consistía en una serie de posturas más o menos estáticas, parecidas a las que en la India se denominan Yoga, que había que sincronizar con la respiración, lo cual desarrollaba un gran poder de concentración.
Más tarde, comprobé que los beneficios de esta práctica milenaria eran innumerables ya que por ejemplo liberaba endorfinas y regulaba el funcionamiento de las endócrinas. Pronto, a medida que avanzaba mi práctica, fui adquiriendo cierta destreza y, fundamentalmente, un óptimo estado físico y mental.
Con respecto a la otra sugerencia del médico de llevar un registro de mis sueños, opte por destinar uno de mis cuadernos para hacer anotaciones diarias. De todos los sueños que tuve sólo unos pocos se fueron haciendo recurrentes. Uno de los primeros que anoté fue el del túnel de la noche:
De pronto me encuentro en un lugar oscuro. La sensación que me acomete es la de estar aturdido y desesperado por querer salir. Pero cuando voy a dar el primer paso no puedo moverme. El túnel se ve sombrío y casi siempre lo sueño inundado (algunas veces de agua; otras de arena o pedregullo). Las paredes son frías y húmedas y percibo un olor muy fuerte y desagradable como el que despiden las flores mustias. El lugar se halla en ruinas y parece abandonado (no tengo forma de establecer donde diablos estoy). A lo lejos, a medida de que mis ojos se acostumbran a la oscuridad, vislumbro unos parpadeos de luz intermitente, pequeños, fugaces, como ráfagas que se recortan en la penumbra. Como si alguien, en lo que parece ser el final del túnel, estuviera encendiendo un fósforo o sacudiendo una antorcha. A veces, el sentimiento de soledad que experimento es tan intenso e insoportable, que me arranca un grito escalofriante que finalmente invade mi conciencia y me despierta. Otras veces el grito se ahoga, pero el dolor y la frustración, entonces, son tan intensos que igual me termino despertando.
Más allá de leves variaciones la acción del sueño es siempre la misma: un vano y desesperado intento por alcanzar la salida del túnel.
Más tarde, comprobé que los beneficios de esta práctica milenaria eran innumerables ya que por ejemplo liberaba endorfinas y regulaba el funcionamiento de las endócrinas. Pronto, a medida que avanzaba mi práctica, fui adquiriendo cierta destreza y, fundamentalmente, un óptimo estado físico y mental.
Con respecto a la otra sugerencia del médico de llevar un registro de mis sueños, opte por destinar uno de mis cuadernos para hacer anotaciones diarias. De todos los sueños que tuve sólo unos pocos se fueron haciendo recurrentes. Uno de los primeros que anoté fue el del túnel de la noche:
De pronto me encuentro en un lugar oscuro. La sensación que me acomete es la de estar aturdido y desesperado por querer salir. Pero cuando voy a dar el primer paso no puedo moverme. El túnel se ve sombrío y casi siempre lo sueño inundado (algunas veces de agua; otras de arena o pedregullo). Las paredes son frías y húmedas y percibo un olor muy fuerte y desagradable como el que despiden las flores mustias. El lugar se halla en ruinas y parece abandonado (no tengo forma de establecer donde diablos estoy). A lo lejos, a medida de que mis ojos se acostumbran a la oscuridad, vislumbro unos parpadeos de luz intermitente, pequeños, fugaces, como ráfagas que se recortan en la penumbra. Como si alguien, en lo que parece ser el final del túnel, estuviera encendiendo un fósforo o sacudiendo una antorcha. A veces, el sentimiento de soledad que experimento es tan intenso e insoportable, que me arranca un grito escalofriante que finalmente invade mi conciencia y me despierta. Otras veces el grito se ahoga, pero el dolor y la frustración, entonces, son tan intensos que igual me termino despertando.
Más allá de leves variaciones la acción del sueño es siempre la misma: un vano y desesperado intento por alcanzar la salida del túnel.
martes, 8 de junio de 2010
El huevo de la serpiente
Pero no sólo entre los griegos hubo hombres capaces de pretender igualarse a los dioses. En la tradición judeocristiana, otro caso análogo, es el de Adán y Eva. No hay lector de la Biblia que no caiga preso del asombro al enterarse de que la causa del sufrimiento, la jornada laboral y la muerte, reside en su desobediencia a un mandato divino.
El texto, uno de los más fascinantes del Antiguo Testamento, narra que los míticos padres del género humano vivían en el Edén en total armonía y felicidad, ignorantes de padecer alguno. Podían tomar todos los frutos que quisieran, salvo los del árbol del conocimiento del Bien y del Mal. La narración avanza y entra en escena un personaje crucial que va a marcar un punto de inflexión en el desarrollo de la historia. Es la serpiente, que curiosamente posee el don del habla y en algunas versiones, incluso, es alada. Este astuto personaje, hábil, sutil, sólo se limita a preguntarle a Eva porque no come del fruto del citado árbol y da muestra de ser un maestro del arte escénico al fingir sorpresa cuando ella le explica que ese es, precisamente, el único que Dios les ha prohibido. La serpiente se retira, pero antes, comenta como al pasar, que eso habrá de ser porque Dios no quiere que ellos sepan lo que él sabe. Eso es todo lo que hace la serpiente en este magnífico relato. El resto lo hace la mente de Eva. Ella piensa, calcula, mide y al hacerlo; conoce primero la desconfianza y después, la ambición. La serpiente ha encendido la mecha y desaparece cediendo el primer plano a la esposa de Adán. El desenlace de este relato es harto conocido. Eva habla con Adán, lo pone al tanto de su encuentro con su amiga la serpiente y le comenta lo que ha estado pensando. Él la escucha y al principio se opone, pero después Eva insiste y logra hacerlo ceder. Prueban el codiciado fruto, lo cual va a desatar la ira de Dios, que los expulsará del Edén y los castigará convirtiéndolos en seres vulnerables y mortales, pero autónomos.
El texto, uno de los más fascinantes del Antiguo Testamento, narra que los míticos padres del género humano vivían en el Edén en total armonía y felicidad, ignorantes de padecer alguno. Podían tomar todos los frutos que quisieran, salvo los del árbol del conocimiento del Bien y del Mal. La narración avanza y entra en escena un personaje crucial que va a marcar un punto de inflexión en el desarrollo de la historia. Es la serpiente, que curiosamente posee el don del habla y en algunas versiones, incluso, es alada. Este astuto personaje, hábil, sutil, sólo se limita a preguntarle a Eva porque no come del fruto del citado árbol y da muestra de ser un maestro del arte escénico al fingir sorpresa cuando ella le explica que ese es, precisamente, el único que Dios les ha prohibido. La serpiente se retira, pero antes, comenta como al pasar, que eso habrá de ser porque Dios no quiere que ellos sepan lo que él sabe. Eso es todo lo que hace la serpiente en este magnífico relato. El resto lo hace la mente de Eva. Ella piensa, calcula, mide y al hacerlo; conoce primero la desconfianza y después, la ambición. La serpiente ha encendido la mecha y desaparece cediendo el primer plano a la esposa de Adán. El desenlace de este relato es harto conocido. Eva habla con Adán, lo pone al tanto de su encuentro con su amiga la serpiente y le comenta lo que ha estado pensando. Él la escucha y al principio se opone, pero después Eva insiste y logra hacerlo ceder. Prueban el codiciado fruto, lo cual va a desatar la ira de Dios, que los expulsará del Edén y los castigará convirtiéndolos en seres vulnerables y mortales, pero autónomos.
El karma de Minos
A la muerte de su padre, Minos consultó el oráculo, y supo que era el elegido de los dioses para sucederlo en el trono de Creta. Sus hermanos, Sarpedón y Radamantis, lo miraron recelosos cuando el futuro nuevo rey fue a verlos para hacerles tal anuncio; y le dijeron que sólo aceptarían su reinado si podía realizar algún prodigio, que demostrara fehacientemente que contaba con el favor de los dioses. Minos les propuso entonces que le pediría a Poseidón, que haga surgir de las aguas el más maravilloso ejemplar de toro jamás visto, a condición de sacrificarlo luego en su honor. Sus hermanos aceptaron entusiasmados, pero cuando vieron emerger el magnífico toro albino, sin salir de su asombro, debieron rendirse ante la evidencia. Más tarde, la ambición y cierto grado de soberbia, cegaron a Minos haciéndole creer que sería posible burlar al dios de los mares. Pero la verdad salió a la luz, y cuando Poseidón comprobó el fraude, se vengo inspirando en la esposa de Minos un amor desenfrenado por aquel fabuloso animal.
Recordemos que la estirpe de Minos era de origen divino, ya que su advenimiento al mundo se produjo luego de la unión de Zeus, padre de los dioses y los hombres, y una mortal llamada Europa, a quien el dios rapto metamorfoseado de toro.
Recordemos que la estirpe de Minos era de origen divino, ya que su advenimiento al mundo se produjo luego de la unión de Zeus, padre de los dioses y los hombres, y una mortal llamada Europa, a quien el dios rapto metamorfoseado de toro.
viernes, 4 de junio de 2010
Un enfermo muy sano
No fue nada fácil adaptarme a mi nueva vida en Parque Chas. Los Grau me ofrecieron quedarme en su casa a cambio de que los ayudara en la librería y les escribiera el libro. Eso resolvió la cuestión del hospedaje. Francesca, a su vez, fue de gran ayuda con el trazado de esas calles circulares producto ciertamente de una mente diabólica. Era muy talentosa para dibujar así que me hizo un mapa, que llevaba conmigo a todos partes cosa de orientarme. Hasta que poco a poco empecé a manejarme dentro del laberinto como el resto de sus habitantes.
En la librería trabajaba casi todos los días, salvo que la Arquitecta me necesitara para alguna otra cosa. A la tarde me ponía a escribir y después iba un rato al club El Trébol. Allí solía matar el tiempo jugando al pool o tomando cerveza mientras escuchaba alguna de las historias de Kid Moreno.
Con Luz, al principio, hablábamos casi todos los días por teléfono. Me contaba novedades de su trabajo o de mis amigos o de los preparativos de su viaje. Era evidente que se esforzaba en tomar lo que me había pasado con la mayor naturalidad posible y yo valoraba esto porque me daba cuenta que era su manera de ayudarme. Después, cuando finalmente se fue a Europa, las llamadas se fueron haciendo cada vez más espaciadas, hasta que un día, simplemente, no hablamos más.
Quizá lo más difícil para mí en aquellos tiempos fue asumir que esto que me había pasado no tenía retorno. No había un día en que no deseara fervientemente encontrar la forma de salir del maldito laberinto. A veces, incluso, esta idea me torturaba tanto por las noches que me era imposible conciliar el sueño. Entonces tomaba una de aquellas pastillas que me había dado la señora en el subte y zafaba, pero un día se terminaron y, al cabo de un tiempo, decidí que lo mejor era dejarme de macanas y aceptar el consejo del Ingeniero de ir a ver al doctor Sacarino a su consultorio en la calle Londres.
-¿Y desde cuando es que le pasa esto, Novelis?
-Desde que me perdí.
-¿Desde que se perdió?
-Si, doctor.
-¿Y por qué se perdió?
Esa pregunta me dejó mudo. Me sentí totalmente descolocado. Hasta ese momento yo pensaba que haberme perdido en esa especie de triangulo de las Bermudas porteño era lisa y llanamente nomás un producto del azar. Pero ahora empezaba a vislumbrar (no sin dolor, no sin asombro) que nada es casual y aunque aún no podía verlo claramente ya tenía la sospecha de que algo tenía yo que ver con esto que me había pasado.
-¿Fuma?
-No, doctor.
-¿Bebe?
-No, no. Tampoco.
-Abra la boca bien grande. Saque la lengua.
-¿Qué tengo, doctor?
-Mire m’hijo si no fuma ni bebe alguna cosita, cómo cuernos pretende dormir. Es una broma, Novelis… ¿Esta saliendo con alguien, tiene alguna amiga?
-No.
-¿Por qué no se consigue una novia? Eso siempre ayuda.
-¿Y eso por qué doctor?
-Novelis, menos averigua Dios y perdona. ¡Esto es científico!
Después, cuando lo consulte por las pastillas que me habían dado y le mostré el blister se sorprendió, pero mirándome por encima de los gruesos lentes, recomponiendo su cara de poker, me dijo que me quedara tranquilo que si me habían dado resultado me daría más.
-Tome una diariamente junto con la cena y si puede también ayúdese con un vaso de leche tibia.
Luego me dijo que quería que nos viéramos periódicamente y me sugirió que empezara a anotar mis sueños porque eso era muy importante, ¿le parece, doctor? Por supuesto, me dijo. Finalmente se puso de pie y dejando a un lado su cuaderno de notas me dijo:
-Quédese tranquilo que lo suyo no es grave, Novelis.
-¿Usted cree, doctor?
-Desde luego, hombre. Le digo más, usted es un enfermo muy sano, así que nomás
voy a prescribirle una dieta y unos ejercicios físicos y con eso ya va a ver que bien va a andar.
-¿Una dieta, doctor?
-Claro, hombre. Soy nutricionista. Pero quédese tranquilo. Siga mis instrucciones a pie juntillas y todo marchara sobre ruedas. Y hágame caso, no dude en tomar algo de alcohol si ve que lo necesita y ante el menor problema me viene a ver o me llama.
-Está bien. Muchas gracias, doctor.
-Vaya, vaya. Ah, Novelis… no se abuse con las pastillas que son laxantes.
En la librería trabajaba casi todos los días, salvo que la Arquitecta me necesitara para alguna otra cosa. A la tarde me ponía a escribir y después iba un rato al club El Trébol. Allí solía matar el tiempo jugando al pool o tomando cerveza mientras escuchaba alguna de las historias de Kid Moreno.
Con Luz, al principio, hablábamos casi todos los días por teléfono. Me contaba novedades de su trabajo o de mis amigos o de los preparativos de su viaje. Era evidente que se esforzaba en tomar lo que me había pasado con la mayor naturalidad posible y yo valoraba esto porque me daba cuenta que era su manera de ayudarme. Después, cuando finalmente se fue a Europa, las llamadas se fueron haciendo cada vez más espaciadas, hasta que un día, simplemente, no hablamos más.
Quizá lo más difícil para mí en aquellos tiempos fue asumir que esto que me había pasado no tenía retorno. No había un día en que no deseara fervientemente encontrar la forma de salir del maldito laberinto. A veces, incluso, esta idea me torturaba tanto por las noches que me era imposible conciliar el sueño. Entonces tomaba una de aquellas pastillas que me había dado la señora en el subte y zafaba, pero un día se terminaron y, al cabo de un tiempo, decidí que lo mejor era dejarme de macanas y aceptar el consejo del Ingeniero de ir a ver al doctor Sacarino a su consultorio en la calle Londres.
-¿Y desde cuando es que le pasa esto, Novelis?
-Desde que me perdí.
-¿Desde que se perdió?
-Si, doctor.
-¿Y por qué se perdió?
Esa pregunta me dejó mudo. Me sentí totalmente descolocado. Hasta ese momento yo pensaba que haberme perdido en esa especie de triangulo de las Bermudas porteño era lisa y llanamente nomás un producto del azar. Pero ahora empezaba a vislumbrar (no sin dolor, no sin asombro) que nada es casual y aunque aún no podía verlo claramente ya tenía la sospecha de que algo tenía yo que ver con esto que me había pasado.
-¿Fuma?
-No, doctor.
-¿Bebe?
-No, no. Tampoco.
-Abra la boca bien grande. Saque la lengua.
-¿Qué tengo, doctor?
-Mire m’hijo si no fuma ni bebe alguna cosita, cómo cuernos pretende dormir. Es una broma, Novelis… ¿Esta saliendo con alguien, tiene alguna amiga?
-No.
-¿Por qué no se consigue una novia? Eso siempre ayuda.
-¿Y eso por qué doctor?
-Novelis, menos averigua Dios y perdona. ¡Esto es científico!
Después, cuando lo consulte por las pastillas que me habían dado y le mostré el blister se sorprendió, pero mirándome por encima de los gruesos lentes, recomponiendo su cara de poker, me dijo que me quedara tranquilo que si me habían dado resultado me daría más.
-Tome una diariamente junto con la cena y si puede también ayúdese con un vaso de leche tibia.
Luego me dijo que quería que nos viéramos periódicamente y me sugirió que empezara a anotar mis sueños porque eso era muy importante, ¿le parece, doctor? Por supuesto, me dijo. Finalmente se puso de pie y dejando a un lado su cuaderno de notas me dijo:
-Quédese tranquilo que lo suyo no es grave, Novelis.
-¿Usted cree, doctor?
-Desde luego, hombre. Le digo más, usted es un enfermo muy sano, así que nomás
voy a prescribirle una dieta y unos ejercicios físicos y con eso ya va a ver que bien va a andar.
-¿Una dieta, doctor?
-Claro, hombre. Soy nutricionista. Pero quédese tranquilo. Siga mis instrucciones a pie juntillas y todo marchara sobre ruedas. Y hágame caso, no dude en tomar algo de alcohol si ve que lo necesita y ante el menor problema me viene a ver o me llama.
-Está bien. Muchas gracias, doctor.
-Vaya, vaya. Ah, Novelis… no se abuse con las pastillas que son laxantes.
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