Pero no sólo entre los griegos hubo hombres capaces de pretender igualarse a los dioses. En la tradición judeocristiana, otro caso análogo, es el de Adán y Eva. No hay lector de la Biblia que no caiga preso del asombro al enterarse de que la causa del sufrimiento, la jornada laboral y la muerte, reside en su desobediencia a un mandato divino.
El texto, uno de los más fascinantes del Antiguo Testamento, narra que los míticos padres del género humano vivían en el Edén en total armonía y felicidad, ignorantes de padecer alguno. Podían tomar todos los frutos que quisieran, salvo los del árbol del conocimiento del Bien y del Mal. La narración avanza y entra en escena un personaje crucial que va a marcar un punto de inflexión en el desarrollo de la historia. Es la serpiente, que curiosamente posee el don del habla y en algunas versiones, incluso, es alada. Este astuto personaje, hábil, sutil, sólo se limita a preguntarle a Eva porque no come del fruto del citado árbol y da muestra de ser un maestro del arte escénico al fingir sorpresa cuando ella le explica que ese es, precisamente, el único que Dios les ha prohibido. La serpiente se retira, pero antes, comenta como al pasar, que eso habrá de ser porque Dios no quiere que ellos sepan lo que él sabe. Eso es todo lo que hace la serpiente en este magnífico relato. El resto lo hace la mente de Eva. Ella piensa, calcula, mide y al hacerlo; conoce primero la desconfianza y después, la ambición. La serpiente ha encendido la mecha y desaparece cediendo el primer plano a la esposa de Adán. El desenlace de este relato es harto conocido. Eva habla con Adán, lo pone al tanto de su encuentro con su amiga la serpiente y le comenta lo que ha estado pensando. Él la escucha y al principio se opone, pero después Eva insiste y logra hacerlo ceder. Prueban el codiciado fruto, lo cual va a desatar la ira de Dios, que los expulsará del Edén y los castigará convirtiéndolos en seres vulnerables y mortales, pero autónomos.
martes, 8 de junio de 2010
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