Debo admitir que aunque los métodos del doctor Sacarino me parecieron, al principio, algo excéntricos, fueron dando a la larga óptimos resultados. Atento a su indicación de hacer ejercicios, decidí tomar clases de Kung-Fu con Li Huan, la dueña de la pensión donde se hospedaba Francesca. El estilo que ella me enseñó, según supe después, era muy antiguo y su práctica consistía en la realización de una serie de movimientos muy estéticos de naturaleza Yin y otros de naturaleza Yang. Estas secuencias de combate imitaban las formas de ciertos animales como la grulla, la serpiente o el dragón, y uno debía aprenderlas hasta poder desplegarlas con absoluta fluidez y naturalidad. La parte previa del entrenamiento consistía en una serie de posturas más o menos estáticas, parecidas a las que en la India se denominan Yoga, que había que sincronizar con la respiración, lo cual desarrollaba un gran poder de concentración.
Más tarde, comprobé que los beneficios de esta práctica milenaria eran innumerables ya que por ejemplo liberaba endorfinas y regulaba el funcionamiento de las endócrinas. Pronto, a medida que avanzaba mi práctica, fui adquiriendo cierta destreza y, fundamentalmente, un óptimo estado físico y mental.
Con respecto a la otra sugerencia del médico de llevar un registro de mis sueños, opte por destinar uno de mis cuadernos para hacer anotaciones diarias. De todos los sueños que tuve sólo unos pocos se fueron haciendo recurrentes. Uno de los primeros que anoté fue el del túnel de la noche:
De pronto me encuentro en un lugar oscuro. La sensación que me acomete es la de estar aturdido y desesperado por querer salir. Pero cuando voy a dar el primer paso no puedo moverme. El túnel se ve sombrío y casi siempre lo sueño inundado (algunas veces de agua; otras de arena o pedregullo). Las paredes son frías y húmedas y percibo un olor muy fuerte y desagradable como el que despiden las flores mustias. El lugar se halla en ruinas y parece abandonado (no tengo forma de establecer donde diablos estoy). A lo lejos, a medida de que mis ojos se acostumbran a la oscuridad, vislumbro unos parpadeos de luz intermitente, pequeños, fugaces, como ráfagas que se recortan en la penumbra. Como si alguien, en lo que parece ser el final del túnel, estuviera encendiendo un fósforo o sacudiendo una antorcha. A veces, el sentimiento de soledad que experimento es tan intenso e insoportable, que me arranca un grito escalofriante que finalmente invade mi conciencia y me despierta. Otras veces el grito se ahoga, pero el dolor y la frustración, entonces, son tan intensos que igual me termino despertando.
Más allá de leves variaciones la acción del sueño es siempre la misma: un vano y desesperado intento por alcanzar la salida del túnel.
miércoles, 9 de junio de 2010
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