No fue nada fácil adaptarme a mi nueva vida en Parque Chas. Los Grau me ofrecieron quedarme en su casa a cambio de que los ayudara en la librería y les escribiera el libro. Eso resolvió la cuestión del hospedaje. Francesca, a su vez, fue de gran ayuda con el trazado de esas calles circulares producto ciertamente de una mente diabólica. Era muy talentosa para dibujar así que me hizo un mapa, que llevaba conmigo a todos partes cosa de orientarme. Hasta que poco a poco empecé a manejarme dentro del laberinto como el resto de sus habitantes.
En la librería trabajaba casi todos los días, salvo que la Arquitecta me necesitara para alguna otra cosa. A la tarde me ponía a escribir y después iba un rato al club El Trébol. Allí solía matar el tiempo jugando al pool o tomando cerveza mientras escuchaba alguna de las historias de Kid Moreno.
Con Luz, al principio, hablábamos casi todos los días por teléfono. Me contaba novedades de su trabajo o de mis amigos o de los preparativos de su viaje. Era evidente que se esforzaba en tomar lo que me había pasado con la mayor naturalidad posible y yo valoraba esto porque me daba cuenta que era su manera de ayudarme. Después, cuando finalmente se fue a Europa, las llamadas se fueron haciendo cada vez más espaciadas, hasta que un día, simplemente, no hablamos más.
Quizá lo más difícil para mí en aquellos tiempos fue asumir que esto que me había pasado no tenía retorno. No había un día en que no deseara fervientemente encontrar la forma de salir del maldito laberinto. A veces, incluso, esta idea me torturaba tanto por las noches que me era imposible conciliar el sueño. Entonces tomaba una de aquellas pastillas que me había dado la señora en el subte y zafaba, pero un día se terminaron y, al cabo de un tiempo, decidí que lo mejor era dejarme de macanas y aceptar el consejo del Ingeniero de ir a ver al doctor Sacarino a su consultorio en la calle Londres.
-¿Y desde cuando es que le pasa esto, Novelis?
-Desde que me perdí.
-¿Desde que se perdió?
-Si, doctor.
-¿Y por qué se perdió?
Esa pregunta me dejó mudo. Me sentí totalmente descolocado. Hasta ese momento yo pensaba que haberme perdido en esa especie de triangulo de las Bermudas porteño era lisa y llanamente nomás un producto del azar. Pero ahora empezaba a vislumbrar (no sin dolor, no sin asombro) que nada es casual y aunque aún no podía verlo claramente ya tenía la sospecha de que algo tenía yo que ver con esto que me había pasado.
-¿Fuma?
-No, doctor.
-¿Bebe?
-No, no. Tampoco.
-Abra la boca bien grande. Saque la lengua.
-¿Qué tengo, doctor?
-Mire m’hijo si no fuma ni bebe alguna cosita, cómo cuernos pretende dormir. Es una broma, Novelis… ¿Esta saliendo con alguien, tiene alguna amiga?
-No.
-¿Por qué no se consigue una novia? Eso siempre ayuda.
-¿Y eso por qué doctor?
-Novelis, menos averigua Dios y perdona. ¡Esto es científico!
Después, cuando lo consulte por las pastillas que me habían dado y le mostré el blister se sorprendió, pero mirándome por encima de los gruesos lentes, recomponiendo su cara de poker, me dijo que me quedara tranquilo que si me habían dado resultado me daría más.
-Tome una diariamente junto con la cena y si puede también ayúdese con un vaso de leche tibia.
Luego me dijo que quería que nos viéramos periódicamente y me sugirió que empezara a anotar mis sueños porque eso era muy importante, ¿le parece, doctor? Por supuesto, me dijo. Finalmente se puso de pie y dejando a un lado su cuaderno de notas me dijo:
-Quédese tranquilo que lo suyo no es grave, Novelis.
-¿Usted cree, doctor?
-Desde luego, hombre. Le digo más, usted es un enfermo muy sano, así que nomás
voy a prescribirle una dieta y unos ejercicios físicos y con eso ya va a ver que bien va a andar.
-¿Una dieta, doctor?
-Claro, hombre. Soy nutricionista. Pero quédese tranquilo. Siga mis instrucciones a pie juntillas y todo marchara sobre ruedas. Y hágame caso, no dude en tomar algo de alcohol si ve que lo necesita y ante el menor problema me viene a ver o me llama.
-Está bien. Muchas gracias, doctor.
-Vaya, vaya. Ah, Novelis… no se abuse con las pastillas que son laxantes.
viernes, 4 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario