Diario de una novela en construcción

Bienvenido a este blog. Si estás leyendo estas lineas es porque el destino lo ha querido ya que nada es casual (ni siquiera abrir una puerta o doblar una calle). El asunto es que ahora podrás seguir de cerca el proceso de escritura de mi novela en tiempo real. Se trata de Novelis, Artemio Novelis y sus peripecias que empiezan el día en que se pierde en Parque Chas tras un confuso episodio en el subte.

Esta historia que comenzó como un cuento, creció hasta convertirse en un proyecto de novela que intentare desarrollar a través de entradas breves que me permitan atravesar el laberinto de la creación poética.

Quién sabe si lo lograré...

martes, 9 de marzo de 2010

Luz Rosemberg



Con Luz en aquel entonces discutíamos por todo y casi nunca nos poníamos de acuerdo. Desde hacia un año, ella decía que necesitaba un cambio. Quería que nos fuéramos a vivir a Europa. Hablo incluso de tener un hijo. Le pedí que me diera un tiempo para pensarlo pero creo que ella se daba perfecta cuenta de que yo estaba en otra cosa. En realidad la arquitecta tenía razón, yo no tenía ni idea de lo que quería. Mi vida se había vuelto insípida e incolora como un vaso de agua. El trabajo rutinario en la editorial, las escapadas cada vez más frecuentes al cine, los reproches de Luz cada vez que llegaba tarde o borracho, sus dolores de cabeza las pocas veces que intentaba llevarla a la cama.
A veces, a la salida del trabajo, cuando no venia a buscarme inventaba cualquier excusa y en vez de regresar a casa, me iba a caminar solo por el centro. Me sentaba en algún bar de Corrientes y dejaba pasar las horas tomando cerveza. Casi no me di cuenta cuando fue que empezamos a alejarnos así el uno del otro. Cenábamos en el más absoluto silencio a menos que sonara el teléfono o alguno de los dos encendiera la radio. Recuerdo el día que me dijo que consiguió el trabajo de camarera. Por un lado sentí alivio porque eso significaría mas libertad para mi pero también mostraba que la grieta era cada vez mayor.
Paso el invierno y arrecio el trabajo en la editorial. Cada día llegaban montones de libros nuevos y había que bajar al depósito, revisar cada caja, separarlos, revisar los remitos y acomodarlos en los estantes. Llegaba exhausto. Nomás me tiraba en la cama y me quedaba dormido sin siquiera cenar. Luz empezó a cubrir el turno de la noche en el bar así que casi no nos veíamos más que en el desayuno. Varias veces, café de por medio, era ella la que sacaba el tema de que lo nuestro no iba más y que debíamos hacer algo. No sé porque trataba de retenerla sacando la cuestión del hijo que ella quería tener. Era absurdo querer retenerla con eso pero lo hacia.
Una semana antes de perderme en Parque Chas, me mostró el pasaje y supe que se iría nomás a Europa. Durante aquellos últimos días, a veces, mientras sacaba sus cosas del ropero y preparaba su equipaje, llorábamos y nos abrazábamos. Ella me hablaba, yo miraba la valija y la veía doblar prolijamente la ropa sobre la cama, y pensaba que no era cierto. Una noche soñé que me daba un paquete hecho con papel de diario, lo abría y adentro estaba el pececito que le regale cuando nos pusimos de novios. Olía horrible y le revoloteaban las moscas. Sin decir nada le metía la mano en la boca, sacaba una esquela babosa con un corazón desdibujado y me la daba. Yo lloraba y las lágrimas se deslizaban sobre el metálico pececito.
La última noche nos quedamos despiertos tirados en la cama recordando viejos tiempos. Nos sacamos un poco el cuero, hablamos de bueyes perdidos y en eso Luz me soltó entre risas: “vos te moriste en Londres a fines del siglo XVIII, fuiste al cielo y como no soportaban más oírte hablar te dieron una patada en el culo y viniste a parar a este país de mierda, pero no para trabajar; sino a escribir poesía”. Primero me reí a carcajadas y después por supuesto la mande a la puta madre que la parió. Después la piropee, la bese y me puse a jugar con su pelo. Le acaricie las piernas. Le propuse hacer el amor por última vez. Ella accedió, pero en el mejor momento se levantó de un salto de la cama y rajó para el baño. Perplejo fui a verla. La encontré llorando. Intente consolarla pero me pidió que la dejara sola y cerró la puerta. Creo que en ese momento entendí que la había perdido para siempre.

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