Borges ha dicho que más extraña que la idea de un hombre con cabeza de toro es la de una casa hecha para que la gente se pierda, pero la agudeza sin par del autor de Ficciones ha resaltado, no obstante, la correspondencia de ambas ocurrencias, pues es conveniente que en una casa monstruosa haya un habitante monstruoso.
De las innumerables versiones que intentan dar cuenta de las razones que tuvo el señor Chas para construir su laberinto, entre los barrios de Agronomía y Villa Urquiza, a mediados del 25’, casi ninguna es del todo cierta (no es verdad que alguien se lo ordeno en un sueño, no es cierto que su esposa practicaba la sodomía, tampoco que hizo un pacto diabólico). Lo cierto es que gracias a él, Buenos Aires, como antes Egipto o Creta, tendría también su propio laberinto.
La historia dice que uno o dos años antes de que comenzaran las obras, el señor Chas viajó con destino a Italia. En Sicilia, lo aguardaba la cúpula de la Orden de la Labrys, una sociedad secreta con filiales en todo el mundo de la que Chas era miembro. Durante aquel encuentro, en privado, Chas recibió de manos del señor Lamborghini, apoderado general de la Orden, los documentos de la sociedad y el pedido de llevarlos a Buenos Aires, junto con el tesoro de la antigua organización. La idea de los cofrades era designar a Chas Gran Daedalus de la Orden y proponer a la ciudad porteña como su nueva sede para resguardarse de los riesgos que implicaba una Europa arrasada por la guerra mundial. El señor Chas se mostró encantado y muy honrado por tal designación y se comprometió a construir un laberinto en las tierras que acababa de heredar en la capital argentina que no sólo preservaría el tesoro sino que mantendría, además, en el más absoluto silencio, sus actividades.
El flamante nuevo líder, a su regreso, puso manos a la obra, emplazó el laberinto y dispuso para si una casa en la calle Bauness, donde viviría el resto de su vida, dedicado a presidir la Orden y resguardar sus tesoros hasta el día de su muerte. Se dice que entre las muchas riquezas que acuñaba la Orden se encontraba una de las colecciones de arte antiguo más extraordinaria y cuantiosa de la historia, que había pasado de generación en generación, a través de los siglos, lo cual nos da una idea acerca de los remotos orígenes de la Orden.
sábado, 3 de julio de 2010
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